10 marzo 2013

LOS ACLIMATADOS: UNA RESPUESTA PÚBLICA A JAUME SUBIRANA





De forma excepcional voy a hacer algo que considero muy poco elegante, que es escribir una réplica pública a una alusión que se ha hecho a mí en la prensa. El motivo de esta réplica es un artículo titulado “Corrida flamenca”, firmado por Jaume Subirana y publicado en El periódico de Catalunya el día 6 de marzo de este año. El artículo de Subirana puede encontrarse aquí: http://beta.elperiodico.es/es/noticias/opinion/corrida-flamenca-2332718
En dicho artículo, Jaume Subirana protesta sobre la ausencia de escritores en lenguas no castellanas de España en el Salón del Libro de Bruselas que se ha celebrado este fin de semana, y al que yo fui invitado como integrante de una delegación de escritores españoles. Va por adelantado que tiene toda la razón en su queja. La delegación no representa en absoluto a la literatura en catalán a la que Subirana pertenece en calidad de poeta, traductor y académico. Subirana da voz a una indignación histórica perfectamente justificada, en la medida en que las instituciones españolas, no solamente culturales, han obviado tradicionalmente la promoción, y en este caso la promoción internacional de la literatura en catalán, euskera, gallego, asturiano y demás lenguas minoritarias de la península.
Yo iré más lejos que él. La delegación de autores españoles tampoco es representativa de la literatura que se escribe hoy en día en castellano. Para que se me entienda, la delegación se componía básicamente de autores de novela histórica y novela negra, con una media de edad de unos sesenta años (el cálculo es mío) y estaba muy centrada en eso que se llama el “best-séller” o novela comercial. Muchas facetas de la literatura española quedaban fuera, entre ellas las lenguas minoritarias.
Sobre esa selección de autores en la feria, por llamativa que me pareciera, no tengo nada que decir. La cuestión de la representatividad es peliaguda, y diferentes individuos o instituciones seguramente construirían equipos completamente distintos. No es la gente a la que yo habría invitado, tal vez, pero yo no me puedo poner en la cabeza de los demás y por lo que a mí respecta toda opinión es válida. ¿Qué demonios quiere decir representatividad en este contexto? Pese a todo, Subirana tiene razón. Se agradecería una mirada más plural, que él en su artículo define en términos de “acatamiento”. Acatamiento al Artículo 3.3 de la Constitución que establece la obligación de defender la pluralidad lingüística del estado español. Simplemente sucede que la Feria del Libro de Bruselas de 2013 ha apostado por un tipo concreto de literatura española, que tal vez coincida con el gusto del público mayoritario que compra libros españoles.
¿Cuál es entonces mi problema con el artículo de Subirana?
Mi problema llega cuando el tono airado da paso al insulto, y en este caso el insulto a mi persona y a la de otros autores que fuimos invitados. Yo no elegí ser invitado, pero acepté con agradecimiento la invitación, que me permitía además prestar apoyo personal a los editores de mis libros en Francia. Estoy seguro de que es el caso del resto de autores que asistieron al Salón de Bruselas. A los organizadores del Salón y al Instituto Cervantes, que corrió con mis gastos, solamente les puedo reconocer y agradecer su apoyo y su solicitud.
En dicho artículo Subirana nos llama a mí y a otros tres autores (Víctor del Árbol, Javier Cercas y Alicia Giménez Bartlett) “catalanes aclimatados”, en alusión al hecho de que escribimos nuestros libros en castellano. Para rematarlo, titula su artículo “Corrida flamenca” y se permite insinuar claramente que nos hemos acomodado al poder de alguna manera para promocionar nuestras carreras.
La verdad es que las corridas flamencas no forman parte de mi cultura personal más que de la del señor Subirana. Esto él lo debe de saber muy bien. No sé lo que es una corrida flamenca, pero sospecho que para él constituye una síntesis de conceptos de la España cañí y carpetovetónica. Además de ser catalán, yo soy trilingüe, y mi cultura personal es probablemente igual de híbrida que la de Subirana, o que la de muchas personas del mundo actual. De los tres idiomas que por razones familiares hablo y escribo perfectamente, el castellano es la lengua en la que escribo novelas. Pero mi carrera como novelista no me define como persona. Está al mismo nivel en mi vida que mi “carrera” como padre, por ejemplo, que tiene lugar en catalán, o mi carrera como traductor y mi bagaje en Estados Unidos, que como es lógico requieren mi uso del inglés. En mi familia no solamente hay diversidad idiomática, sino que también conviven, por ejemplo, católicos, judíos y cuáqueros. Vivo en un barrio de Barcelona donde convive media docena de idiomas con otros muchos minoritarios.
Otros puntos del artículo de Subirana me parecen igualmente cuestionables: sin ir más lejos, considerar hoy en día que Carlos Salem no es un escritor español, además de argentino, es algo considerablemente feo y hasta xenófobo. Pero no entraré en eso.
Yo no soy un escritor aclimatado. Quienes me conocen saben que, si algún problema tengo, es precisamente mi incapacidad para aclimatarme. Me gano la vida traduciendo novelas y jamás nadie me ha hecho ningún favor. Tampoco los he pedido. No le hago coba a ninguna institución de ninguna clase. Javier Cercas se gana la vida escribiendo novelas, que es más de lo que muchos pueden decir. Yo lo conozco y no me parece una persona acomodaticia en absoluto. La relación de Subirana con el mundo académico e institucional es mucho mayor que la mía, y jamás se me ocurriría insultarle llamándole aclimatado por eso.
El trasfondo del artículo de Subirana es la cuestión de la identidad cultural de los escritores catalanes que escriben en castellano. Este colectivo tampoco es del todo homogéneo. Están los autores catalanes que escriben en castellano porque se educaron en esa lengua por razones históricas. Están los autores catalanes que escriben en castellano porque son inmigrantes o hijos de inmigrantes. Están los que lo hacen de forma ocasional porque les apetece, o bien cambian de idioma entre libro y libro. En mi caso, empecé a escribir y publicar en castellano porque mi primera oportunidad me la dio el mercado editorial en castellano, representado por el editor de Mondadori. Jamás he conocido a ningún escritor catalán que escribiera en castellano para aclimatarse. Ni uno solo. Y esto el señor Subirana, porque no es tonto, TAMBIÉN lo sabe.
Los catalanes hemos manifestado en los últimos comicios nuestra voluntad mayoritaria de ejercer el derecho a la autodeterminación y de que se reconozca nuestra identidad nacional. Hemos abierto embajadas culturales en el extranjero y en 2007 mandamos con orgullo una delegación de autores en catalán a la feria del libro más importante de Europa. Esto fue un momento histórico que todos reconocemos. Hemos fundado nuestras instituciones propias, como el Institut Ramon Llull, dedicado a la promoción internacional de la lengua y la literatura catalanas, de forma análoga a lo que hace el Instituto Cervantes con la lengua y la literatura castellanas. (Yo he sido apoyado por ambas instituciones, por la condición doble de escritor catalán y español que me confieren mi nacimiento y mi uso literario del castellano. Ambas hacen un trabajo igualmente encomiable). La literatura en catalán todavía está lejos de obtener el reconocimiento internacional que merece dentro de las literaturas europeas, pero está en camino de obtenerlo, y todos deseamos que suceda cuanto antes.
El futuro político de nuestro país es incierto. Es posible que nosotros o nuestros hijos veamos una Catalunya independiente. La idea nos excita, nos atemoriza y nos envalentona a partes iguales. Unos nos sentimos más cómodos con ella y otros no. Pero es el camino que hemos elegido, y al final de ese camino estaremos TODOS. El catalán será el idioma de Catalunya, pero en Catalunya habrá creadores que se expresarán en muchos idiomas distintos, no solamente en catalán y castellano.
A medida que la lengua y la literatura catalanas tengan una mayor prominencia en el panorama internacional, tendrán que aclararse ciertas cuestiones. Una de ellas es si queremos ser representados por el país del que parece que queremos irnos, una representación que Subirana pide explícitamente, o bien si queremos reforzar nuestra presencia internacional de forma independiente. Es posible que esa independencia me excluya a mí, convirtiéndome simplemente en una persona catalana y un escritor español, dos entes separados, y yo lo aceptaré, por supuesto. El panorama del mundo actual, sin embargo, no parece sugerir que la Catalunya del futuro, dependiente o independiente, estará poblada únicamente por hablantes del catalán. Muchos catalanes sienten que nos fueron impuestas una inmigración, un idioma y unas leyes destinadas a diluir nuestra cultura. En el futuro, cuando Catalunya sea un país normal, es probable que muchos vuelvan a apreciar a todos los que usamos más de un idioma.
Conclusión: me gustaría mucho que el señor Jaume Subirana me diera una explicación de por qué me ha llamado aclimatado. Que hay cierta voluntad de insulto me parece obvio. Pero si me entero de que el señor Subirana ha insinuado que me he vendido a la lengua del poder político o cultural, o incluso, Dios no lo quiera, que soy menos catalán que él por escribir en otro idioma, le responderé con toda la violencia que la ley me permita.

03 marzo 2013

CIRLOT / BENET



Juan Eduardo Cirlot cultivó una carrera fascinante como crítico, mitólogo, estudioso de la música y del misticismo. Pero entretanto, durante décadas, y casi en secreto, escribió la poesía más oscura, visionaria y terrible de su época (y de la nuestra, y de casi todas las demás). Solamente al final de su carrera empezó a salir a la luz esa obra, en antologías, y ya tras su muerte se sistematizó su enorme corpus. Un viaje a la muerte, a las culturas extintas, a lo desaparecido, al abismo del no-ser. Escrito con el lenguaje de la plegaria, del mantra, de la entonación ritualística. Algo que nunca se había visto ni jamás se podrá ver.

Juan Benet fue probablemente el novelista más importante de España en la década de 1970. Su obra se erigió con un rigor, una elevación y una inteligencia literaria que parecían estar a años luz del panorama literario que lo rodeaba. Su obra se volvió controvertida. Sus odiadores abundaron y sus seguidores se volvieron fanáticos. Su obra, imitada y vilipendiada, se nutría del mito, el misterio, la oscuridad y la retórica oracular. Durante décadas nadie pudo escribir en España sin pasar por ella. Sigue siendo un edificio tan imponente que uno solamente se puede acercar a él con reverencia.

Ambos autores perduran muy lejos de la atención del público. Quizás no del todo olvidados, pero conservados por una pequeña comunidad de fanáticos, herederos, estudiosos y lectores apasionados. Ese parece ser el destino del escritor singular: convertirse en escritor secreto.

Ambos escritores comparten rasgos. Los dos crearon su propio lenguaje, al margen de las tendencias y de los tiempos. Los dos experimentaron y se adentraron por paisajes sin explorar. En consecuencia, después muchos intentarían imitarlos. Pero los dos fueron gigantes. Los dos apostaron por la oscuridad, por el mito, el paisaje jungiano y los límites de la expresión.

Creo sinceramente en la invocación de los escritores muertos. En la psicofonía y los actos de espiritismo literario. Creo que Cirlot y Benet no están muertos. Creo que las nuevas generaciones de lectores se volverían locas si conocieran mejor a estos dos autores mucho más oscuros, salvajes e inquietantes que nada se esté escribiendo ahora.

Creo en darles una nueva voz. No necesariamente un enfoque contemporáneo, pero si una puesta en escena desde la perspectiva de hoy en día. Una elegía, una invocación, un homenaje. Creo en hacer de acólito de mis predecesores.

Cirlot / Benet es una lectura dramática que intentará humildemente hacer algo así. Como de costumbre, contaré con la música de Ignacio Lois, capaz de crear nuevos contextos y atmósferas para el espiritismo literario.

Tendrá lugar el miércoles 6 de marzo a las 20:30 en el Horiginal del Carrer Ferlandina, en el Raval de Barcelona.

La selección de textos será como sigue:

Juan Cirlot:

“Oraciones oscuras”

“Himno a Osiris”

“Homenaje a Rudolph Hess”

Juan Benet:

“T.L.B.”

17 enero 2013

BALLARD, LISA GERRARD, WALLACE


Como prólogo de unos meses bastante cargados de apariciones públicas, anuncio aquí las tres más inminentes, para quien esté en Barcelona durante estas fechas. Me encantaría veros ahí.


VIERNES 25 DE ENERO


Empezamos fuerte, en el marco del recital de traducciones que organiza la revista de literatura y traducción Asymptote, leeré una traducción mía del legendario relato de J.G. Ballard, “El asesinato de JFK planteado como una carrera de coches cuesta abajo”, de su libro La exhibición de atrocidades. Probablemente le pondremos un fondo musical adecuado.

Aquí está la página del evento con el cartel completo de traductores y autores que leerán:


LUNES 4 DE FEBRERO



En el marco de las sesiones videológicas “Hilo Mental”, celebradas en el Antic Teatre, haré una sesión con mi amigo el músico y cantante Lucas Quejido, dedicada al lenguaje. Hablaré, entre otras cosas, de idioglosia, idioglosias en el rock, Lisa Gerrard, “Host of Seraphim”, la lengua de los ángeles, el idioma Enochiano, John Dee y Edward Kelley, idiomas revelados, idiomas originarios, el proto-idioma divino y el proto-indoeuropeo, criptofasia, traducción y divinidad.

Aquí hay un link con la página official de las Sesiones Hilo Mental.

Y la página de Lucas Quejido en bandcamp:


JUEVES 7 DE FEBRERO


Presentaré en la FNAC Triangle “La escoba del sistema” de David Foster Wallace, editada por Pálido Fuego, en compañía del editor y traductor de la obra, José Luis Amores.


20 noviembre 2012

ERES EL MEJOR, KIKO



Tal vez la forma más precisa y la más elogiosa de describir Eres el mejor, Cienfuegos, la cuarta novela de Kiko Amat, es asegurar que es una novela 100% Kiko Amat. Esto bastará para satisfacer la curiosidad apriorística de cualquiera que haya seguido su carrera, y es que posiblemente ningún otro escritor de esta ciudad y esta generación haya inventado un lenguaje y un mundo literarios tan personales como Amat. Para quienes no lo conozcan, baste decir que Kiko Amat viene a ser lo contrario de un escritor sin personalidad; en todo caso, se podría argumentar que tiene demasiada. Sus libros son excéntricos (como él, pero esto ya es otra cuestión), rebotados contra el mundo, neuróticos, acelerados, divertidos, repletos de música y de nostalgia, extrañamente tiernos y enfermizamente anglófilos [Nota: Kiko Amat es el único escritor en español que conozco cuya anglofilia supera a la mía. De hecho, su anglofilia supera a la mía por varios pueblos, y eso que yo llevo toda la vida convencido de que la cigüeña iba bebida la noche que me trajo al mundo y en vez de cruzar el Canal de la Mancha como debía, se fue hacia el sur por equivocación].
Por todo lo dicho en el párrafo anterior, me parece bastante ocioso describir qué clase de libro es Cienfuegos. En muchos sentidos, parece una síntesis de todo lo que había hecho el autor con anterioridad, aunque también una evolución. Su humor está muy emparentado con el de L’home intranquil y Mil violines, sus dos libros de no ficción anteriores, que casi parece que sirvieron de refinería para éste. Tiene mucho de sátira, aunque dudo que Kiko Amat sea capaz de escribir algo que no tenga elementos de este género, que borbotea en todas sus líneas; sátira de costumbres, a la inglesa, con esos detalles a lo Kingsley Amis o Jonathan Coe que de vez en cuando se marca Amat; sátira de la masculinidad contemporánea, con pasajes que pueden recordar a Kureishi o Hornby; sátira generacional, si uno quiere, dependiendo de lo poco o mucho que uno odie a su generación; tragicomedia, en esa acepción que le da Amat, y que parecer consistir en alternar la risa con esos momentos extrañamente tiernos que mencionaba antes; y hasta yo le veo algo de comedia romántica, aunque ciertamente disfuncional. Para entendernos, Eres el mejor, Cienfuegos sería un tipo de comedia romántica que Hugh Grant se negaría a rodar. Sería más bien la historia del rival chungo y pringao de Hugh Grant en una comedia romántica de Hugh Grant.


Compuesto como de costumbre a base de escenas gratamente cinemáticas, Cienfuegos tiene estructura de novela de iniciación, o por lo menos de lo que sería una novela de iniciación si la gente se iniciara en la vida con cuarenta años, lo cual, de hecho, es parte del “problema” que la novela retrata de forma burlona.  Cienfuegos (a secas) es un periodista cuasi-cuarentón, que trabaja para el suplemento de tendencias de La nación (que se parece a El país pero tiene su sede en la Plaça Catalunya de Barcelona). Es acomodaticio, dócil y cobarde, una auténtica babosa humana y un perdedor. Su vida privada es el equivalente de su repulsiva vida profesional. Resulta que hubo un tiempo, menos de una década atrás, en que Cienfuegos iba para ganador: su primera (y única) novela, Mambo para gatos, lo convirtió en escritor revelación de su momento, que coincidió con el momento de conocer a Eloísa, una atractiva y lista diseñadora gráfica con quien inició una relación. Todo se torció, sin embargo, al cabo de unos años: la inspiración literaria se acabó y llegaron la amargura, el alcohol y las infidelidades (o, en los propios términos de la novela, a Cienfuegos lo poseyó un ser repulsivo llamado “el Podrido”). Eloísa tuvo un hijo, pero no lo pudo perdonar y se separaron, hundiendo a Cienfuegos en una miseria de la que ya no saldría, más que para volverse todavía más patético y deprimido, que es como lo encontramos al principio de la historia.
Ahora es 2011 y la Plaça Catalunya está ocupada por los manifestantes del 15-M, que en la novela se llama la Rabia. Cienfuegos ya ha descendido al escalafón más bajo del periodismo en La Nación, escribiendo loas acomodaticias a la porquería musical y artística que le mandan. Su jefe es Sasha, un niñato imbécil que se burla de él por ser viejo y estar gordo. Sus dos compañeros molones son el Remember, un viejo crítico musical, y Juana Bayo, una jovencita concienciada con piercings que le hace de Pepito Grillo (sin éxito, porque Cienfuegos solamente tiene ojos para su propia miseria). En sus ratos libres Cienfuegos cuida a su hijo y se dedica a rondar borracho el portal de la casa de su ex mujer. Cómo salir de ese purgatorio en que vive Cienfuegos y recomponer su vida es la epopeya cómica que se despliega en las 300 páginas de la novela. Por sus páginas circulan toda clase de agentes radicales, vasallos abyectos y jerifaltes malignos. Hay una hubris de tragedia griega en forma de lanzamiento beodo de zapato. Hay un dúo de ruidismo industrial sumido en la miseria okupa y asentado en el corazón de la contracultura de Gràcia (¿me lo estoy imaginando yo o son una especie de homenaje lumpen a Macromassa y los libros de Nubla/Jovani?). Hay apariciones estelares de héroes de antiguas novelas de Kiko Amat, hay robos genuinamente épicos de mobiliario urbano, hay atentados terroristas unipersonales a lo Christy Malry y hay una escena de entrada motorizada en una fiesta literaria que realmente me ha robado el corazón, tal vez porque, nuevamente, quizás me lo esté imaginando, pero yo la visualicé en cierto local del Carrer Iradier donde se celebra un popular evento literario anual de la editorial de Kiko Amat.


La epifanía de Cienfuegos –vital, profesional, política, emocional, etc– y su salida del purgatorio en la conclusión del libro no dejan de ser una manifestación de utopismo gamberro, si es que estas dos palabras pueden ir juntas. Son una manera de insultar al sistema con las herramientas de las que dispone el novelista: el humor, el cabreo, una dosis de provocación y eso que los ingleses llaman wit. Cualidades que Kiko Amat ha tenido siempre. Se trata de un final feliz en la medida en que la comedia termina siempre con una sonrisa, pero también es una patada en el culo a los Cienfuegos de este planeta, una divertida llamada a la resistencia y una soflama contra la podredumbre vital. Y aquí me gustaría recuperar lo que dije hace unos párrafos: dije que Cienfuegos era en gran medida una síntesis de la obra de Amat, pero también una evolución. Una evolución vital, más allá del mundo juvenil de sus primeros libros; también una evolución en su capacidad literaria para comentar la sociedad, que es siempre el material del satirista. A Kiko Amat, en suma, le pasa un poco lo contrario que al protagonista de su última novela: sumido en su purgatorio de abyección, Cienfuegos representa lo peor de nuestra generación; Amat, por lo menos en literatura, es seguramente lo mejor.

31 octubre 2012

COMUNICADO DE LA VÍSPERA DE TODOS LOS SANTOS




Pongo en conocimiento de los lectores de este blog el siguiente comunicado acerca de mi negativa a seguir escribiendo para terceros sin cobrar:

ANÁLISIS PREVIO
Hace 15 o 20 años, cuando yo empecé, el periodismo y la escritura freelance eran trabajos como cualquier otro. Se podía ganar uno la vida. No hacerse rico ni mucho menos pero se iba viviendo. En otros países que no son España, todavía se puede. ¿Qué cambió en nuestro amado país? Porque algo ha cambiado, y el cambio no ha sido espontáneo ni inocente como el cambio de estaciones. A muchos les gustaría hacernos creer que sí, que simplemente un día se volvió “natural” pagar sumas ridículas a los colaboradores del mundo de la cultura, o directamente no pagarles, y que contra la naturaleza no se puede hacer nada más que resignarse. De hecho, es una de las cosas que más me indignan de esta situación: que han conseguido inocularnos a todos la idea de que esto es normal, de que a quién se le ocurre pedir dinero por escribir. La misma gente que se escandaliza viendo anuncios de empresas que piden a becarios sin sueldo en lugar de trabajadores a sueldo ya ve normal que en el mundo de la cultura se propongan todo el tiempo colaboraciones y publicaciones sin cobrar. Los periodistas trabajan a cambio de una sexta parte del poder adquisitivo que antes tenían, y tampoco estoy diciendo que los periodistas españoles en los 80 o los 90 se hicieran ricos ni mucho menos. Los chavales que salen de la universidad ya ni se molestan en pedir dinero a cambio de su trabajo. Escriben donde les dejen y con las condiciones que les digan, y entretanto o viven de sus padres o trabajan de camareros si tienen suerte.
¿Qué ha cambiado, o mejor dicho, quién ha provocado este cambio? Habrá quien diga que ha sido Internet. ¿Pero seguro que ha sido Internet? Porque yo conozco medios de Internet que sí pagan. Mi sospecha, en cambio, va hacia toda esa serie de “valientes emprendedores” del mundo de las letras y la cultura, en Internet y en papel, que han tenido ideas sorprendentes, necesarias, brillantes, mesiánicas, ideas que no se podían guardar para ellos solos, y todos han coincidido en que la forma de llevarlas a la práctica era pedir textos (o libros) a la gente sin pagarles nada. Una idea, como podéis ver, absolutamente brillante.
Intento imaginarme a mí mismo montando una revista o cualquier otro medio cultural a principios de los 90, que es cuando yo empecé. Lo que yo habría hecho, intentando usar algo de sentido común, es lo siguiente:
1) Buscar dinero para pagar a los colaboradores y a la plantilla.
2) Con ese dinero, pedir los textos y publicar la revista.
Los números los he puesto para que se vea mejor el orden de los pasos. Así, recuerdo yo, es como se solían hacer las cosas. Aunque hay que decirlo, en honor a la verdad, ya por entonces existían pioneros en el arte de la explotación sin vergüenza, como la revista Lateral. Es posible que su director ni siquiera se diera cuenta del daño que hacía con su precedente, aunque lo más seguro es que le importara un pimiento.
Hoy en día ya nada de todo esto significa nada. Pagar a los colaboradores ya no es necesario. Para qué. Es mejor, digámoslo con franqueza, quedarse el dinero para uno. A fin de cuentas, es la ley del mercado. ¿Para qué vas a pagar a alguien que no te pide dinero o que, en caso de pedirlo, va a aceptar un no por respuesta? Y si alguien te pide dinero e insiste, es muy fácil reemplazarlo por alguien que no lo pida. A los colaboradores se les paga con “visibilidad”. O con prestigio. O con cualquier imbecilidad que se le ocurra a uno. Tenemos, pues, la situación paradójica de que el fruto del trabajo de uno es la “visibilidad” de ese trabajo (¿!).
La situación ha experimentado un giro tan radical que el colaborador que sugiere que le deberían pagar ya no solamente se vuelve un ser incómodo, sino que es aceptable atacarlo con recriminaciones e insultarlo. Yo me lo he encontrado: “interesado”, “materialista”, “catalán”, “divo”, “ya te vale, aquí estamos todos arrimando el hombro”. “Todo el mundo ha colaborado de buena fe y tú eres el único que está pidiendo pasta”. He aquí una selección de argumentos clásicos que todo trabajador español del mundo de la cultura se ha encontrado miles de veces:
+“De momento no pagamos a nadie, estamos esperando a ver cómo va todo”. (Atención a ese “de momento”, que se extiende imperioso y mayestático hacia el infinito).
+“Somos un medio independiente, no tenemos dinero, apenas nos llega para pagar la luz” (Falso: no sois independientes, dependéis por completo de encontrar a pobres desgraciados a los que explotar).
+“¿Te crees que yo me estoy sacando algo de dinero? ¿Cómo te voy a pagar a ti si no tengo ni para mí?”. (Nada que decir a esto, salvo: ¿has probado alguna vez a buscarte un trabajo y ganarte la vida como una persona mayor?)
+Y una de mis excusas favoritas: “Tal como están las cosas, ¿cómo vamos a pagar?” (Cierto, y las cosas están “como están” por culpa de gente como tú).
La panoplia de razones para no pagar parece infinita, pero en el fondo no son más que muchas variantes de lo mismo. No podemos pagar. El mantra de la industria cultural española del Siglo XXI. Y así se sigue degradando la vida de los periodistas y los escritores freelance de este país. Y por supuesto, y aunque sé que me van a llover las hostias por decir esto, en cuanto se deja de pagar a los colaboradores desciende en picado el nivel de exigencia de lo que se publica.
Mi pregunta es la siguiente: ¿cuántas de esas publicaciones/medios/editoriales que no pagan son realmente tan necesarios como para justificar el hecho de no pagar a nadie y contribuir a esa degradación infame de la profesión? Si uno no tiene dinero para pagar a los colaboradores, ¿no tendría más sentido no montar una editorial / revista / web / etc?? Con franqueza, ¿necesitamos verdaderamente tantas revistas web y editoriales independientes y demás? A los trabajadores del mundo de la cultura nos bastaría con que hubiera una décima parte pero que pagaran a los colaboradores.


COMUNICADO
Finalizado el análisis previo, procedo a comunicar lo siguiente:

Que a partir del día de hoy, 31 de octubre de 2012, víspera de la festividad de Todos los Santos, el escritor Javier Calvo Perales, natural de Barcelona, no volverá nunca a escribir para nadie si no es a cambio de  dinero. Esta decisión es irrevocable y no atenderá a razones de camaradería, independencia, afinidad espiritual, comunidad de intereses, apoyo a empresas jóvenes ni nada parecido. Al próximo que me pida un texto sin pagarme a cambio le voy a indicar con todo lujo de detalle anatómico dónde se puede meter su petición. No se trata de una decisión de raíz materialista, al contrario: llevo 15 años escribiendo gratis para todo el que me lo pedía, incluso cuando ya tenía niños pequeños y estaba pasando por situaciones económicas difíciles. Mi decisión es de naturaleza moral. Escribir gratis, igual que pedir textos gratis, contribuye a degradar la vida de los trabajadores del mundo de la cultura, provoca sufrimiento y empobrecimiento material, cultural y moral. No deseo ser cómplice de esto. Mi margen de maniobra moral en este planeta es muy limitado, pero por lo menos esto puedo hacerlo. Seguiré escribiendo por encargo para los medios que me pagan, y el resto de cosas las publicaré en mi blog. Que es exactamente lo que les recomiendo a todos esos “emprendedores”, “empresarios”, “editores” y demás ratas a las que me refería más arriba: que escriban ellos su propia mierda en vez de ROBAR la de los demás.


26 octubre 2012

DIOS ES UNA CASA



Tengo por costumbre no escribir sobre los libros que traduzco, creo que por una razón comprensible: trabajo con muchos editores, todos magníficos, y no me gusta dar publicidad al trabajo de unos sobre el de otros. Sin embargo, he decidido hacer una excepción con La casa de hojas de Mark Z. Danielewski (de próxima publicación en Alpha Decay/Pálido fuego), por varias razones. No solamente porque es un libro absolutamente extraño y fascinante, y además uno de los más divertidos de traducir que me he encontrado nunca. Principalmente quiero escribir unas líneas porque conozco la historia de este libro, el fanatismo de sus seguidores y su capacidad para generar controversia y hacer correr ríos de tinta en las redes. Conociendo también la escena literaria española, imagino que el libro dará que hablar, aunque sea en un contexto restringido, y me apetece adelantarme a cualquier posible debate con mis propias opiniones. En los doce años que hace que se publicó la primera edición en Estados Unidos, ha habido en nuestro país varios intentos de publicar esta obra (yo por lo menos tengo conocimiento directo de varios), frustrados por cuestiones diversas asociadas con adelantos, costes de producción y demás, y el anuncio de su publicación final a través de un consorcio de dos editoriales independientes despertó el año pasado cierta expectación entre los aficionados españoles a la literatura estadounidense. Estoy convencido de que la edición española no defraudará esa expectativa. Personalmente no me convence demasiado la dirección que Danielewski tomó después de La casa de hojas, pero es imposible no reconocer la originalidad y el interés de su obra de debut.
            La casa de hojas es famosa por varias cosas. En primer lugar, por su uso complejo y profundo del formato del libro. De hecho, pese a que en muchos sentidos es una de las cimas del hipertexto literario, La casa de hojas me parece absolutamente inimaginable en formato electrónico. Es un libro irreductible al e-book. Sus múltiples cadenas y niveles de autorreferencialidad se apoyan firmemente en su condición de falso aparato de notas a una falsa disertación académica, con los distintos niveles de metatextualidad señalados con cambios de tipografía y color de la tinta. Por otro lado, los vínculos entre cadenas de apéndices al texto o notas al pie a menudo están rotos, de la misma manera que el texto está incompleto y constituye en todos los niveles el opuesto del formato académico que él mismo satiriza. Además de esto, La casa de hojas es famosa por ser de las pocas obras mainstream de los últimos tiempos que han empleado con éxito “texto liberado”, por usar la expresión de Marinetti, es decir, que no tiene una maqueta preestablecida sino que crea continuamente caligramas y dibujos con el texto. Por último, y esta es una de las peculiaridades de la novela de Danielewski que le han conferido una extraña e inquietante segunda vida en Internet, La casa de hojas está plagada de supuestas “claves secretas” dentro del texto, escondidas en forma de anagramas, acróstico y acertijos, que sus fans discuten acaloradamente en los foros que el propio autor, con gran astucia, ha ido abriendo en Internet a lo largo de los años. Todas estas razones han convertido La casa de hojas en el gran libro-objeto de la narrativa americana de las últimas décadas, en sus distintas ediciones (la primera edición americana, por ejemplo, no incluye una buena parte del material de los apéndices, mientras que existen ediciones expandidas y con distintos patrones de colores de tinta). El hecho de que esta condición de libro objeto se tenga que retener en las distintas ediciones traducidas a otras lenguas es en gran medida la clave de las dificultades y costos que plantea su traducción.





            Existe –al menos en nuestro país– una percepción de la tradición en la que se sitúa La casa de hojas que me parece no exactamente errónea, pero sí incompleta. Muchos que la han leído la sitúan sin dudarlo en la tradición de Pynchon, Gaddis y Barth, que tiene en David Foster Wallace a su apóstol más reciente. Es obvio que hay algo de verdad en todo esto, y ciertamente La casa de hojas es uno de los grandes hitos del gafapastismo literario de la década pasada, junto con La broma infinita, Submundo o Stone Junction. Yo, sin embargo, debo de ser el único que ve la novela de Danielewski un poco al margen de esa tradición. En gran medida, cuando digo que La casa de hojas es una primera obra tremendamente original me estoy refiriendo a la dificultad de encontrarle una genealogía de progenitores literarios; es un libro que se parece muy poco a nada. La crítica ha señalado el parecido indudable, tanto argumental como conceptual, con Moby Dick (la obsesión de Navidson con su casa se compara explícitamente en el mismo texto con la de Ahab), además de su sección de extractos, su condición calidoscópica y su exceso de material. También está la comparación obvia con Pálido fuego, por el hecho de que ambos son una falsa edición anotada.
            Yo añadiría como precedente a varios niveles Fascinación de Don Delillo. Y obviamente, aunque no salga en los manuales, El resplandor de Stephen King. En general, el propio libro consigue despistar bastante bien de su naturaleza obvia de novela de terror. No en vano, estamos hablando de una novela que consiste en la introducción y las notas que un loco escribe a una disertación académica que hace otro personaje ciego y desequilibrado sobre un documental que nadie encuentra y que probablemente no existe acerca de una familia que compra una casa encantada. La parte de la casa encantada queda un poco relegada a un segundo plano en las explicaciones de la novela, pero La casa de hojas es totalmente una novela de casa encantada. Su poder reside ahí. Su manejo del género, que adapta con tremenda pericia elementos del simbolismo y del expresionismo, desde Mallarmé, Rilke y Kafka hasta el propio Melville, le permite convertir la casa de Navidson en un vórtice poderosísimo de asociaciones simbólicas que deben mucho más al legado literario del fin de siglo y el primer modernismo que a la tradición postmoderna. Explotando esas asociaciones por medio de una técnica literaria basada en explicitar sus propias referencias, citas y patrones y explotarlas hasta un punto de sobresaturación, la casa se convierte en un nodo metafórico que escapa con éxito (gracias a esa misma saturación) de toda interpretación mecánica o fácil: representa la vida familiar, es cierto, y también representa la propia idea de casa en un sentido atávico, en tanto que polo de un binomio dentro/fuera cuyo trastorno es uno de los grandes ejes argumentales del libro.
            Sin embargo, pese a que sus ramificaciones interiores y su oscuridad son representaciones de los fantasmas en el armario de la familia Navidson, del romance familiar freudiano y de los traumas de todos sus integrantes (la novela tiene una lectura psicoanalítica apasionante, que Danielewski deja esbozada), el autor consigue escaparse de esa esclerotización del sentido. La casa de Ash Tree Lane es todo y nada, es una ballena blanca capaz de asumir todos los significados y ninguno, un símbolo hermético y mallarmeano, una divinidad a la que se accede a través de la negación absoluta de todo, al modo místico, y una incapacidad para articular. Gran parte de ese éxito de representación, creo yo, viene de su descripción de la casa. De las partes “de género”, las que parecen una película de terror, los infinitos cambios de la casa, sus expansiones y sus ataques (yo pasé miedo auténtico la primera vez que leí el libro). La imaginería de terror de La casa de hojas es fresca y poderosa, y de las pocas que no han sido cooptadas y vulgarizadas por el cine, precisamente por su condición intrínsecamente textual y resistente a la traducción.
            No sigo lo bastante la escena literaria como para calibrar la importancia relativa de un libro como La casa de hojas en el contexto americano o internacional de las dos últimas décadas. Hay quien la considera un hito narrativo de primera magnitud o hasta la obra de un genio. La dificultad de su publicación puede sin duda magnificar su leyenda. La leyenda existe, sin duda, y una parte de ella se puede achacar a las virtudes de la (auto) promoción. En España creo que puede despertar pasiones entre una parte del público de la misma manera en que las ha despertado en Estados Unidos, en Alemania o en Francia. De la misma manera, no hay duda de que habrá quien reaccione de forma escéptica y hasta defensiva, conociendo el panorama, y máxime teniendo en cuenta las idiosincrasias de sus editores de aquí. Pero para mí la novela tiene una magnitud y un poder irrefutables y hablo de poder de fascinación, en el sentido de no poder salir del libro y de su mundo, de que tu imaginación quede absolutamente atrapada por él, durante meses, y que después ya nunca se vaya del todo de tu cabeza. Como he dicho antes, no soy muy fan del Danielewski posterior, especialmente del de Only Revolutions, pero me quito el sombrero ante lo que hizo con su primera novela. La gran mayoría de lanzamientos editoriales se pierden en las mesas de novedades, y especialmente la narrativa traducida por editoriales pequeñas y colecciones literarias. Es por eso que escribo unas líneas para decir la mía y llamar en la medida de lo posible la atención de los lectores que puedan estar interesados en esta extraña obra.


14 octubre 2012

HISTORIA DE LA ANSIEDAD

Publiqué ayer en ABC este breve artículo sobre Los que sueñan el sueño dorado de Joan Didion. Aunque no hace justicia al libro, es mi breve aportación a la promoción de este libro fabuloso que he tenido la suerte de traducir.


La historia del “redescubrimiento” de Joan Didion por parte del público es bien conocida: en 2005 obtuvo el National Book Award por su libro El año del pensamiento mágico (publicado aquí por Global Rhythm Press), una escalofriante crónica de la muerte de su marido y colaborador durante cuatro décadas, escrita con un estilo alucinado, parco y caótico al mismo tiempo, obsesivo y aterradoramente gélido. Una obra a años luz del tipo de memorias que suelen figurar en las listas de los más vendidos. El éxito de este libro, escrito en su habitual amalgama de autobiografía neurótica con Nuevo Periodismo expresionista (por llamarlo de alguna manera), propició algo mucho más importante: el hecho de que toda su obra anterior de no ficción se reeditara en un solo volumen, We Tell Ourselves Stories In Order To Live (2006), del que ahora Mondadori publica en España una extensa y ambiciosa selección con el título Los que sueñan el sueño dorado.
            Increíblemente oscura y extraña hasta el punto de desorientar, Didion se desmarca en mi opinión de otros cronistas de la desintegración de la sociedad americana por su manejo casi alquímico del malestar, su estilo provocativamente caótico y su desafío de las convenciones de un género –el Nuevo Periodismo– anti-convencional por definición. El fantasma del trastorno mental nunca abandona unas páginas que hurgan en el trastorno social y político, de forma a veces malvada y a veces simplemente aturdida, hasta que ambos trastornos terminan por identificarse. El humanismo deja paso a la ansiedad. Las piezas centrales de esta colosal antología –“Arrastrarse hacia Belén”, “El álbum blanco” o “Viajes sentimentales”– perduran en la mente como fantasmas. Más allá de su condición innegable de retablo terrible de una época, la que va de finales de los 60 a los oscuros 80, Los que sueñan el sueño dorado es una ventana a un corpus literario colosal, comparable en estatura y en tonalidades con las obras de John Cheever, Hunter S. Thompson, Joyce Carol Oates o Jerome Charyn.