28 enero 2012

DAVID PEACE, EN BCNEGRA 2012






Es para mí un honor comunicar que el próximo martes día 7 de febrero participaré en una charla abierta al público junto con el gran David Peace, en el marco del festival BCNegra 2011. Para quienes no conozcan su obra, David Peace es uno de los novelistas más relevantes, salvajes y geniales que han surgido del Reino Unido en las últimas tres décadas. Artífice de una obra que disecciona la cultura de su país durante las traumáticas décadas de los 70 y los 80, ha utilizado el género criminal, entre otros, para construir un monumental y esencial comentario sobre la política y la sociedad británica y sobre la cultura occidental en general. Sus libros se han comparado con los de Samuel Beckett, William Burroughs, Alexander Trocchi, Derek Raymond o James Ellroy, entre otros, y se me ocurren pocos novelistas que se le pueda comparar en el panorama internacional actual. En nuestro país la editorial Alba ha publicado su enorme y dantesco Cuarteto del Red Riding, compuesto por las novelas 1974, 1977, 1980 y 1984, la tetralogía que inició su obra hace una docena de años, y su proyecto más ambicioso hasta la fecha, en traducciones de Manu Berástegui y Catalina Martínez Muñoz. Yo tuve la satisfacción de reseñar el primer volumen en la Vanguardia, aquí: http://elblogdejaviercalvo.blogspot.com/2011/04/infierno-en-la-tierra-en-culturas-de-la.html. Y más recientemente he podido traducir al español uno de sus libros más recientes, Tokio año cero, para la editorial Mondadori. En el evento del día 7 también participará el magnífico novelista británico Jake Arnott, renovador del género de la novela criminal y pulp, autor de libros tan divertidos como The Long Firm y truecrime, publicados en España por Mondadori en su sello Roja & Negra. Será sin duda un evento literario excepcional. Para los interesados, la charla será a las cuatro de la tarde en La Capella del Carrer Hospital, como de costumbre. Aquí os dejo el programa:
http://brigada21.files.wordpress.com/2012/01/programa_bcnegra12.pdf

21 diciembre 2011

MIS VEINTE DISCOS DEL AÑO 2011

No se me dan muy bien las listas, pero como nuevamente en 2011 la música ha sido lo que me ha salvado la vida (que se lo pregunten a los vecinos de mi despacho), incluyo aquí los veinte álbumes del año que más feliz me han hecho, por orden de felicidad. Para hacer la lista más asequible, no he cargado las tintas en el metal. Enjoy!

MIS VEINTE DISCOS DE 2011
1 Amebix - Sonic mass
2 Current 93 - Honeysuckle Aeons
3 Austra - Feel It Break
4 Mueran Humanos - Mueran Humanos
5 Esben & The Witch - Violet Cries
6 Burzum - Fallen
7 Burial Hex - Book of Delusions
8 Death In June - Peaceful Snow
9 Wolfmangler: They Call Us Naughty Wolves
10 HTRK - Work Work Work
11Prurient - Bermuda Drain
12 Xasthur - Portal of Sorrow
13 Factory Floor - Untitled NYD Edition
14 Tasseomancy - Ulalume
15 Master Musicians of Bukkakke - Totem Three
16 Locrian - The Clearing
17 Julianna Barwick - The Magic Place
18 Moon Duo  - Mazes
19 Grimes - Halfaxa
20 Cult of Youth - New West

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1 Amebix - Sonic mass




2 Current 93 - Honeysuckle Aeons



3 Austra - Feel It Break



3 Mueran Humanos - Mueran Humanos



5 Esben & The Witch - Violet Cries



6 Burzum - Fallen



7 Burial Hex - Book of Delusions



8 Death In June - Peaceful Snow



9 Wolfmangler - They Call Us Naughty Wolves



10 HTRK - Work Work Work

11 noviembre 2011

CIRLOT COMO EMBLEMA

Con ocasión de la inauguración de la exposición "Juan Eduardo Cirlot. La habitación imaginaria", que se inaugura el próximo lunes 15 de noviembre en el Centre d'Arts Santa Mònica, he escrito dos textos sobre Juan Eduardo Cirlot, a quien considero uno de mis grandes ídolos literarios y también una de las inspiraciones más fuertes para mi novela Corona de flores. El primero es un texto breve para el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. El segundo es un ensayo que publicará también este mes que viene la revista Quimera sobre Cirlot, ritual y performance. Incluyo el texto breve del catálogo, junto con un par de fotos mías de fan con primeras ediciones de plaquettes de Cirlot de las que estoy obviamente orgulloso.




CIRLOT COMO EMBLEMA
Resulta ridículo, pero el principal problema que encontré cuando me obsesioné por la poesía de Juan Eduardo Cirlot fue que apenas existían poemarios publicados de Cirlot.
El primer libro suyo que tuve fue una feísima antología de Cátedra, publicada en el 81. Mis registros por las librerías de viejo me ayudaron a encontrar la antología editada por Leopoldo Azancot en el 74, pero seguía teniendo la sensación de estar viendo la simple punta del iceberg de un corpus oculto y colosal, y durante mi juventud no tenía dinero para acceder a las primeras ediciones que se vendían a precio de oro en tiendas para bibliófilos. Con los años 90 llegaron más obras con cuentagotas: los 88 sueños (1988), las Variaciones fonovisuales (1996) y El libro de Cartago (1998), pero hubo que esperar al nuevo siglo para tener acceso a los grimorios al completo.
Para entonces, esa mística del poeta “oculto” ya se había sumado a mi fascinación por el mundo de Cirlot, una amalgama de Egipto, Cartago, Roma, enochianismo, gnosticismo, medievo, alquimia y Cábala que trascendía la suma de sus componentes y suponía para mí mucho más que simple literatura. De la misma manera en que los Libros proféticos de Blake son más que literatura: un autor que abogaba por el ritual y la “acción” como forma de trascender la simple escritura. Que les dio a sus obras mayores forma de oraciones, invocaciones y fórmulas mágicas. Y que él mismo ritualizó su vida con acciones mágicas como sus peregrinaciones rituales a Carcasonne y Vallcarca y su empleo oracular de los sueños y de sus visitas al cine a ver películas como El señor de la guerra y Hamlet.
A mediados de la década de 2000 regresé a Barcelona de Estados Unidos para encontrarme una ciudad profanada por el turismo, la especulación y la domesticación institucional de la vida cultural. Enseguida vi que necesitaba reformular mi relación como escritor con la ciudad y construirme una colección de ídolos y emblemas que constituyeran las bases de una escritura de batalla. Sacralizar mi pertenencia a Barcelona. En esa misión, Cirlot se convirtió en el centro absoluto de mi panteón. Puede que la obra de Cirlot no explicite a menudo su relación con Barcelona, pero por debajo de su superficie se encuentra la que probablemente sea la psicogeografía más impresionante de mi ciudad. Su atlas telúrico, permanentemente escindido entre un mundo mediterráneo arcaico, de cultos solares y oro sobre el agua, y un mundo de tinieblas, runas y doncellas nórdicas. Dos mundos que Cirlot nunca dejó de sintetizar alquímicamente.
Por primera vez, se dibujó en mi mente una alternativa a la Barcelona literaria diurna: esa ciudad fascinante de Vida privada, de Marsé, Mendoza y Montalbán, de Gil de Biedma y Gimferrer. La Barcelona “oculta” de Cirlot me resultaba más poderosa que la de Palau i Fabre, que la de Miquel de Palol o incluso que la de Perucho, mi otro gran daimon literario barcelonés. Una literatura con potencial de convertirse en liturgia. Algo que ya se ha iniciado con éxito en el homenaje a Cirlot del festival Barcelona Poesía de 2005 o en las Nits de Perucho i Cirlot del Heliogàbal. Y también una obra que vive místicamente entrelazada con el lugar, que decreta el axis mundi, la confluencia sagrada de cielo y tierra, y que convierte en su centro la disolución del sujeto en el misterio y en lo absoluto. Qué mejor antídoto para una ciudad hechizada por el materialismo, por la cultura de tendencias y por la sumisión a la corrección política y a la “buena conducta” orgánica. Cirlot con sus espadas. Con sus conjuros. Con su irreductibilidad infinita.


22 octubre 2011

LOVECRAFT Y EL MODO VISIONARIO




(PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN ESPAÑOLA DE FUNGI FROM YUGGOTH, PUBLICADA POR EL CANGREJO PISTOLERO EDICIONES, 2011)

H.P. Lovecraft es intraducible. No me refiero al acto convencional de la traducción literaria, que es lo que ha permitido que la obra de Lovecraft se propagara por el mundo y se convirtiera en corpus cuasi-oculto para  muchas generaciones de jóvenes solitarios y huraños. Lo intraducible es su idioma profundo. Su doctrina, por llamarla de alguna manera; eso que llevó al mago Kenneth Grant a afirmar la existencia de los Antiguos. De ahí, por ejemplo, que adaptar la obra de Lovecraft a otros medios haya sido tradicionalmente una tarea casi imposible. Véase la bochornosa colección de adaptaciones fallidas de sus relatos al cine, por ejemplo. O el hecho de que el enorme corpus de obras pertenecientes al llamado Ciclo de los Mitos de Cthulhu jamás haya conseguido generar ningún relato que capte ni por asomo el espíritu de la obra de Lovecraft. El ermitaño de Providence es probablemente uno de los escritores del siglo XX que cuentan con más seguidores, pero la obra de éstos está casi inevitablemente castrada: imita la letra pero sin el espíritu. Son como un niño que copia las letras de un texto sin saber leer.
Paradójicamente, las “traducciones” más brillantes y convincentes de la obra de Lovecraft han sido las que han emprendido exploraciones más aventuradas y en apariencia impracticables. Es el caso del espectáculo musical The Mountains of Madness de Alexander Hacke y The Tiger Lillies, que contamina la letra de Lovecraft con ruido y cabaret para invocar su espíritu a través de un ritual considerablemente chamánico. Otra paradoja es el hecho de que aquellas obras que han sido adaptadas de forma más eficaz no son precisamente las piezas centrales del canon lovecraftiano. Por ejemplo, resulta sencillamente increíble que un relato como “La sombra sobre Innsmouth”, cuya primera lectura genera en la mente una huella que ya no se borra durante el resto de la vida, no haya inspirado algo ni siquiera decente en ningún creador contemporáneo. En cambio, el libro que tiene usted en sus manos, Hongos de Yuggoth, ha inspirado por lo menos tres adaptaciones artísticamente impresionantes: la adaptación musical de Mike Olson de finales de los 80; la colaboración de los músicos electrónicos Pixyblink y Rhea Tucanae, en 2009; y la adaptación de tres de los poemas del ciclo a cargo del escritor de cómics británico Alan Moore.
¿Por qué ha inspirado tan buenas versiones –y por qué ha gozado siempre de tanta popularidad– un libro como Hongos de Yuggoth, aparentemente marginal dentro del canon lovecraftiano? Digo marginal, en primer lugar, por su condición de libro de poemas. Así como los relatos de Lovecraft son probablemente el corpus de literatura pulp más popular de nuestros tiempos, su poesía, con la excepción de Hongos de Yuggoth, es completamente desconocida y se considera unánimemente infumable. Pese a la canonizante inclusión de Hongos en el volumen American Poetry: The Twentieth Century Vol.1 de la American Library, en compañía de Frost, Stevens, Eliot o Pound, la verdad es que Lovecraft brilla (felizmente) por su ausencia en la tradición poética del siglo XX. Lovecraft jamás habría sido conocido por su poesía, que en el mejor de los casos puede llegar a la altura de la de poetas conservadores de su época como Walter de la Mare, E.A. Robinson o Siegfried Sassoon, hoy en día mayoritariamente eclipsados por la eclosión del modernismo. Cierto: Hongos de Yuggoth no se parece mucho al resto de la poesía de Lovecraft. La abrumadora mayoría de ésta (muy bien compilada y editada en América en el volumen The Ancient Track) muestra una faceta asombrosamente conservadora de un autor que en narrativa estaba transitando por el mismo terreno extraño y asombroso que otros visionarios como Poe o Machen. Los modelos formales de su poesía datan del siglo XVII (Donne, Marvell) y sobre todo del XVIII (Dryden, Pope, Samuel Johnson). En cuanto a los resultados, no es inclemente leerlos como parodias involuntarias, como en el impagable arranque de la sentida declaración de nostalgia monárquica de 1916 “An American to Mother England” (“De un americano a la Madre Inglaterra”):

England! My England! Can the surging sea
That lies between us tear my heart from thee?
Can distant birth and distant dwelling drain
Th’ ancestral blood that warms the loyal vein?
Isle of my Fathers! hear the filial song
Of him whose sources but to thee belong[1]!

La bien conocida revolución poética que Lovecraft se impuso a sí mismo en 1929 (abandono de la retórica apolillada en beneficio de la concreción de la imagen y la “escena dramática”, por llamarla de algún modo) se entiende a la luz de la madurez creativa del autor. No es de extrañar que en 1929, después de escribir piezas de salvaje terror cósmico como “El horror de Dunwich”, el mismo Lovecraft ya se contara entre los detractores de sus propios versos. “En mi noviciado como versificador”, dice en una carta de la época, “yo era por desgracia un imitador crónico  y empedernido, y permití que mis tendencias de anticuario se llevaran lo mejor de mi sentimiento poético abstracto. En consecuencia, pronto el propósito mismo de mi escritura quedó distorsionado, hasta el punto de que escribía solamente como medio para recrear a mi alrededor la atmósfera de mis autores favoritos del siglo XVIII”. Es obvio que después de abominar de su poesía anterior ahora Lovecraft andaba buscando un equivalente poético de “La llamada de Cthulhu”: un libro de poemas “moderno”, que le permitiera experimentar con los mismos materiales que informaban su narrativa: los sueños, la astronomía, la filosofía materialista, las visiones liminales y la mitología de los pueblos de la Antigüedad. Su apuesta decidida por la micronarración, el planteamiento de una escena de gran concreción visual resuelta mediante el giro narrativo de los últimos dos versos, resulta eficaz pese a la repetición constante del recurso, y aunque estamos a miles de años luz de una poesía imaginista como la de la primera época de Pound, las narraciones son claras, directas y memorables. Algunos de los giros finales son sencillamente brillantes, como la imagen de los cadáveres sin cabeza ni manos de “The Courtyard” o la ausencia de cara de los demonios de “Night-Gaunts”. Por las mismas razones, la secuencia decae en los sonetos más abstractos (“Hesperia”, “Antarktos”, “Mirage”, “Nostalgia”). A pesar del indudable salto que hay entre Hongos y toda la obra poética anterior de su autor, hay muy poco en esta secuencia poética que impresionaría a un crítico académico. Puede que Hongos de Yuggoth –escrito en la misma época que Ideas of Order de Wallace Stevens, por ejemplo– fuera poesía moderna desde la perspectiva de Lovecraft, pero ciertamente no lo es desde la nuestra.
¿En qué consiste entonces el poder de este libro? En mi opinión no se debe exactamente a lo que el lector de Lovecraft encuentra en este libro, sino más bien a lo que no encuentra. La imagen imperecedera, el negativo de la huella indeleble en la psique, está presente en Hongos de Yuggoth, igual que en sus relatos. La imagen de los demonios sin cara o de los cadáveres sin cabeza ni manos es análoga en ese sentido a las imágenes imperecederas que hay en La llamada de Cthulhu” (Cthulhu levantándose en su isla en el párrafo final) o de “El horror de Dunwich” (el cadáver de Wilbur Whateley en el suelo de la biblioteca de Miskatonic o la imagen final de su gemelo). Lo que no está en Hongos de Yuggoth es la narración que enmarca la imagen.


De las distintas escuelas de interpretación de la obra de Lovecraft, hay una que me resulta particularmente irritante. Se trata de la que podríamos llamar la escuela “sistematizadora”, es decir, aquella que intenta construir una gramática “total” de los Mitos de Cthulhu, rellenando los puntos oscuros que dejó Lovecraft, limando las incongruencias y armando un ciclo coherente de mitos. Esta escuela de interpretación, en cuyo polo opuesto estaría la escuela “psicodélica”, fue ideada por los muchos amigos por correspondencia de Lovecraft, inaugurada por August Derleth con sus famosas imitaciones de los relatos lovecraftianos y engrosada por la caterva posterior de autores de juegos de rol y por básicamente cualquiera que haya escrito en una antología de relatos de los Mitos de Cthulhu. Así como la escuela psicodélica aboga por usar la imagen del Gran Cthulhu como icono pop, cooptando su cara tentacular para pósteres y camisetas (es, por ejemplo, lo que se hace con Lovecraft desde la escena de la música metal), la escuela sistemática aplica su gramática al corpus entero, y Hongos de Yuggoth no es ninguna excepción. Los escolares sistematizadores incluso realizan una lectura narrativa de la secuencia poética de Hongos y usan los tres poemas introductorios para descifrar la secuencia como un largo relato: el protagonista supuesto de ese relato roba un libro, se lo lleva a casa, allí lo abre y tiene una serie de visiones que se corresponden con la secuencia de poemas. Este desciframiento de la secuencia poética, o mejor dicho, este “ciframiento” narrativo, genera la que para mí es la lectura menos interesante de Hongos de Yuggoth. Lo que hace que Hongos sea tan memorable, lo que le da su poder especial de inspiración, es precisamente el hecho de que las imágenes están “fuera de secuencia”. Descoyuntadas. Desprovistas del envoltorio narrativo que mitiga parcialmente el horror de la imagen de Wilbur Whateley en la biblioteca de Miskatonic. No es casualidad que en la gran mayoría de relatos mayores de Lovecraft la narración mitigadora contradicgatotalmente lo que las imágenes muestran. En textos como “La llamada de Cthulhu”, “El horror de Dunwich” o “En la noche de los tiempos”, el narrador-académico se muestra escéptico y materialista y niega la existencia del horror cosmico a pesar de que las imágenes del relato le están mostrando la realidad física de ese mismo horror. Eso es lo que hace singular Hongos de Yuggoth dentro de la obra de Lovecraft. No hay narración analgésica. No hay envoltorio que contradiga ni mitigue la imagen. Hongos, con sus imágenes descoyuntadas, es una especie de destilado de las imágenes psíquicamente imperecederas de los relatos de madurez de Lovecraft. Y digo destilado porque es así exactamente como se recuerdan las imágenes imperecederas de los relatos de Lovecraft: sin el envoltorio. Cuando llevamos años sin leer “”El horror de Dunwich” no recordamos todo lo que sucede en el relato, la lenta progresión mientras el gemelo de Wilbur crece hasta hacer estallar su casa. Lo que recordamos es la imagen descoyuntada: el cadáver de Wilbur en la biblioteca. Esa imagen apenas reprimida por el relato que sin embargo le confiere a éste su carácter visionario. Hongos de Yuggoth, más que ninguna otra de Lovecraft, está escrita en ese modo visionario, que es un modo esencialmente anti-narrativo y en mayor o menos medida ininteligible. Los poemas del libro son sueños rimados; sondas directas al inconsciente de su autor.
La música, que es un arte anti-narrativo, ha entendido en mi opinión mucho mejor a Lovecraft que el cine, la literatura, el cómic o los videojuegos. Ya he mencionado los casos de las adaptaciones lovecraftianas de Mike Olson, Pixieblink / Tucanae y Hacke / Tiger Lillies. Me gustaría cerrar este prólogo, sin embargo, hablando del proyecto de adaptación de Hongos de Yuggoth que emprendió en la década pasada Alan Moore y que culminó en su escritura de tres relatos basados en tres de los poemas (“Zaman’s Hill”, “The Recognition” y “The Courtyard”), que más tarde serían adaptados a cómic por Antony Johnston e ilustrados por Juan Jose Ryp (el primero) y por Jacen Burrows (los otros dos). Escribiendo sobre este proyecto, Morre dijo que “la idea original era coger el ciclo original de poemas de H.P. Lovecraft titulado Fungi from Yuggoth y tratarlo, en cierta manera, como si realmente fueran una forma de hongos literarios. De manera que se pudieran coger esquejes, esporas si quieres, de los poemas originales de Lovecraft que componen el ciclo de Yuggoth, y poner esos esquejes en pequeñas bandejas de cultivo de ficción. Tal vez se podría cultivar otra serie entera, poemas enteros, a partir de los pequeños gajos tomados de aquellos poemas originales de Lovecraft. Esa era mi idea original […] Lo que estaba haciendo era coger el título (y a veces la imaginería, o la semilla básica) de los poemas originales de Lovecraft. Y a partir de esto iba a intentar cultivar el mismo número de relatos de dos o tres páginas”. La metáfora sostenida de las esporas y los hongos, creo yo, constituye un paradigma mucho más interesante de traducción de Lovecraft a otros lenguajes, infinitamente más efectiva que la idea de desarrollar la sintaxis de un ciclo mitológico. Esas esporas originarias, tóxicas y delirantes, se presentan aquí en una traducción nueva y acompañadas de una serie de dibujos inéditos de Carmen Burguess y Daniela Zahra que ciertamente han crecido como hongos –hermosos y alienígenas y nocivos–, que es la forma en que deben crecer las cosas sobre las páginas polvorientas de los libros de H.P. Lovecraft.


Javier Calvo, marzo de 2011


[1]¡Inglaterra, Inglaterra! ¿Puede el mar embravecido / que entre nos se extiende separar de ti a mi corazón? / ¿Pueden el lejano nacimiento y la lejana morada drenar / la sangre ancestral que calienta la leal vena? / ¡Isla de mis Padres! ¡Oye el canto filial / de aquel cuyas fuentes sólo a ti pertenecen!”

14 octubre 2011

MI MADRE ES UN COMUNICADO

Aunque la verdad es que me parece una aclaración del todo innecesaria, escribo estas líneas porque en los últimos dos días me han llegado bastante mensajes, sobre todo aquí y en facebook, preguntándome por mi participación en el "movimiento literario" Nuevo DRAMA. Así pues, para disipar cualquier posible duda, ofrezco aquí una explicación (que como digo, debería ser innecesaria). Hace medio año contribuí al libro colectivo Mi madre es un pez (Ediciones del Silencio, 2011) con mi relato "Alas de murciélago", invitado por el director de dicha editorial, Gonzalo Canedo, con quien trabajo habitualmente en calidad de traductor.
La premisa de dicho libro colectivo era estrictamente temática. Pedían relatos sobre la familia, con total libertad estilística y sin directrices de ninguna clase. El libro se publicó y yo lo leí y publiqué una entrada en mi blog alabando sus estupendos relatos. Durante la semana siguiente, sin embargo, el libro apareció en la página web www.nuevodrama.es, en tanto que obra perteneciente al colectivo o movimiento Nuevo DRAMA. El prólogo de la obra aparece en esa misma página web como descarga y también asociado a ese movimiento. A continuación apareció un reportaje en el suplemento Tendències del Mundo, firmado por la periodista y novelista Laura Fernández, donde el libro volvía a presentarse como estandarte de dicho movimiento, y salía yo fotografiado con los fundadores del mismo. De todo esto yo me he enterado a posteriori. Como he dicho, no tuve noticia de nada hasta que el libro ya estaba en la calle. Jamás se me invitó a formar parte de nada, ni tampoco se me informó de que el libro se iba a asociar con ninguna corriente literaria.
Comunicado: No formo parte del movimiento Nuevo DRAMA ni tengo nada que ver con él. El movimiento Nuevo DRAMA, por lo que yo sé, lo integran solamente tres personas: Sergi Bellver, Juan Soto y Manuel Astur. Yo no comulgo con su manifiesto ni me he alineado nunca con él. Ni siquiera conozco la obra literaria de esas personas. Ni siquiera tengo ningunas ganas de hacerles publicidad con este blog, solamente escribo esto para evitar confusiones. Resumiendo: no quiero saber nada del tema. Fin del comunicado.

02 octubre 2011

MI MADRE TIENE ALAS DE MURCIÉLAGO


El cincuenta por ciento de mi exigua producción de ficción de 2011 está desde hace un par de semanas en las librerías. Nada más que dos relatos he escrito este año: “Nínive” y “Alas de murciélago”, que se acaba de publicar en el libro colectivo Mi madre es un pez, en la editorial Libros del Silencio. Quienes lo lean no tendrá problemas para ver que Betty Blood y sus Hobgoblins están lejanamente inspirados en Siuxsie Sioux y sus Banshees, y la aparición de Betty en el relato como figura hipnótica e inaccesible tiene mucho que ver con mi obsesión adolescente (y adulta) con la cantante de Londres. Es mi primer relato ambientado en América desde “Arco Iris de Levedad”, publicado ya hace más de diez años, y el primero que tiene como escenario el mundo del rock. Solamente después de escribirlo leí “Carne” de Mariana Enríquez y descubrí que ambos relatos, el mío y el de ella, se parecen en muchos sentidos, y también me parece probable que alguna inspiración inconsciente me haya venido de los relatos de rockeros de Rodrigo Fresán.
Mi madre es un pez es un libro extraño. Fue concebido originalmente como antología de autores noveles españoles, pero luego el proyecto cambió sobre la marcha, se le adjudicó un tema (“la familia”) y se le añadieron autores con perfil distinto. En su versión final, cuenta con nada menos que 33 autores, la mayoría de los cuales se han dado a conocer en los últimos cinco años. Hay media docena larga de autores de mi quinta, además de Jordi Soler, Rodrigo Fresán y… Eduardo Mendoza (?). Asimismo, en la selección final hay 26 autores españoles y 7 latinoamericanos. Debido a que el libro parece haberse quedado a medio camino entre varias ideas distintas, es más sencillo leerlo simplemente en base a las premisas estéticas del prólogo, donde se presenta como colección de “escritores que huyen de la histeria de la posmodernidad, la doxa fragmentaria y la renuncia al drama”. Mi madre es un pez busca “Romper con la frialdad de la forma y la impostura de lo fragmentario por tendencia, resquebrajar ese hielo y hacer añicos la foto de grupo en el museo de arte contemporáneo o la sesión con fondo de armario hipster en el suplemento dominical. Renegar, en suma, de la versión más vacua de la posmodernidad (…) con una premisa: emocionar, decir, crear nuevos dramas”. Y ciertamente el libro es fiel a su premisa aristotélica: los que se han juntado te pueden gustar o no, pero más o menos todos (con un par de despistes) se dedican a contar historias y dejarse de leches.




Curiosamente, la secuencia de relatos, excéntricamente organizada en tres “volúmenes” asociados con sendos motivos literarios, resulta más coherente de lo que podría parecer a primera vista, ya que la gran mayoría de autores han elegido un tono marcadamente desapegado para hablar de la familia, que va entre lo puramente frío y lo grotesco/onírico. Como siempre, elegir qué es lo más representativo del libro (ya no digamos lo mejor) es una operación puramente personal, con la que sería estúpido pretender convencer a nadie. Posiblemente mi relato favorito del libro sea el que lo abre, “La sustitución de los cuerpos” de Rodrigo Fresán, relato sobre la ciencia ficción, igual que El fondo del cielo, donde Fresán coge el argumento de Invasion of the body Snatchers y la historia de sus remakes y se dedica a transmutar sus metáforas originales para crear un intensísimo e hipnótico texto sobre la inaccesibilidad de la memoria infantil, el refugio en los mundos de la ficción, el padre como Otro numinoso y el paso del tiempo (“la velocidad de las cosas”) como esencia del Yo. El divertidísimo y magistral “Soy el hijo de Sue” de Juan Terranova somete a los Cuatro Fantásticos de los cómics Marvel a todo el catálogo de desintegraciones históricas de la sociedad, la familia y el individuo de los 60 y los 70 y los deja hechos un pingajo disfuncional. “El ejército de los muertos” de Antonio Ortuño es un relato picaresco intrafamiliar, que juega con las ideas de la leyenda familiar y la transmisión oral para darle la vuelta al concepto atávico de la invocación de los antepasados. “La posesión” de Jordi Soler representa la maternidad como vampirismo, literalizando la metáfora y dándole aires de relato de terror. En el magnífico “La hostería” de Mariana Enríquez, variante del relato de casa encantada, dos chicas adolescentes enamoradas exploran un mundo nocturno adulto donde los fantasmas del pasado familiar se confunden con los del pasado político. Entre los españoles, Alberto Olmos firma en “Todos mis hijos” una maravillosa e inquietante desnaturalización del acto de la paternidad. “Omnívoros” de Mercedes Cebrián representa brillantemente la brecha en el seno de una familia a partir de sus modos de alimentación, y retrata al humano contemporáneo casi distópicamente a partir de su consumo en los supermercados alimentarios, entendidos como instancia post-humana que reemplaza a la familia. “Chuchos” de Óscar Gual empieza casi en clave de humor con la historia de un tipo hipnotizado para creer que es un perro, para luego ir sumiéndonos en un mundo lovecraftiano de cultos hipnóticos con los que el autor nos está diciendo burlonamente que las relaciones emocionales son simples frutos del condicionamiento y la convención.
Todo lo que Mi madre es un pez tiene de excéntrico, en todo caso, lo tiene en beneficio del lector. Son 33 historias mayoritariamente extrañas, sí, pero en todo caso renuncian a la extrañeza formal y se centran en lo intrínsecamente extraños que son la familia y el mundo en general.

12 septiembre 2011

EL RETORNO DEL NERD, EN CULTURA/S DE LA VANGUARDIA

(Como el PDF está incompleto, adjunto aquí el texto completo de la reseña)

Aunque a mi entender Kiko Amat es por encima de todo novelista, ya hace una década que inició una andadura paralela en la no-ficción, inventando un delicioso registro “mestizo” donde el comentario cultural es neuróticamente invadido por la autobiografía, el humor, la diatriba y eso que en inglés se llama “self-deprecation”, las burlas a costa de uno mismo, que en el caso de Kiko han acabado por crear el que tal vez sea su mejor personaje: él mismo, un nerd de campeonato, cohibido por su mujer, coleccionista compulsivo, perpetuamente indignado y en guerra con su época. El personaje saltó al formato de libro con L’home intranquil (2010), la delirante  y misantrópica crónica de un verano familiar del autor, escrito parcialmente como homenaje al cómico Bill Hicks. Uno de los libros más divertidos que he leído en mucho tiempo, Mil violines no es estrictamente una continuación de ese libro, pero sí es el regreso de su protagonista, en un nuevo capítulo de sus memorias, estructuradas ahora como una especie de homenaje a 31 Songs de Nick Hornby, un recorrido por catorce canciones pop que conducen a sendos momentos de la vida del autor.
Como era de prever, la selección musical de Mil violines es rebuscada, caprichosa, caótica y rabiosamente anticanónica. Lo que es en realidad, da igual la valoración artística que cada cual le quiera dar, es un manifiesto. Notorio seguidor del revival mod de los 80, Amat ha heredado de este movimiento una ética basada no solamente en el rechazo de la comercialidad y las modas, sino también en la búsqueda de lo genuino y del diamante en el barro, una ética que da forma a toda su obra. Solamente de un mapa de influencias completamente marciano puede nacer una voz tan crucial como la de Amat, capaz de inventar su propio idioma. Igual que su manifiesto musical, el resto de la obra de Amat es confrontacional y anacrónica (su autor se define como “atascado y orgulloso”), obstinadamente individual y rabiosamente divertida. Para apreciar cómo de divertida puede ser, basta leer el capítulo “Cricklewood, 1995” de Mil violines, crónica de un año que el autor pasó sumido en la miseria en Londres y verdadera joya del género picaresco a la altura de Rompepistas, que ilustra cómo la narrativa de Amat, digna heredera de Marsé y Casavella, se nutre siempre de la vivencia, da igual que sea ficción o no.