14 mayo 2012

ESOS ESCRITORES CHIFLADOS CON SUS LOCOS CACHARROS



No puedo evitarlo: me fascinan los libros colectivos. Me fascina eso que tienen de criaturas de Frankenstein literarias, de reuniones de estilos y poéticas irreconciliables, aberraciones estéticas de donde a menudo emergen atmósferas confusas y mareantes. El arte de la cacofonía. Y por supuesto, en todos hay algo de combate de gladiadores, una búsqueda inevitable por parte del lector de los relatos “ganadores”. Los editores casi nunca ayudan, proponiendo rocambolescos leit motifs temáticos, límites arbitrarios de extensión y después ordenando los textos en base a criterios igualmente esotéricos. Precisamente por esto, cuando encuentras un libro colectivo interesante y con personalidad, el subidón está garantizado. En España hemos tenido varios en los últimos años: 22 escarabajos, Matar en Barcelona, Doppleganger o Mi madre es un pez. A esos hay que sumarle ahora uno más que está a la altura de los anteriores en términos de frikismo, sorpresa y alegría. Me refiero a Increíbles historias en negrita (2012), el libro de relatos colectivo que viene dentro de la Black Pulp Box de Aristas Martínez.
Editada por Luis Gámez para Aristas, la antología asume como esotérico punto de partida la reunión de relatos pulp relacionados con la “negritud”, proponiendo la blaxploitation como estética donde confluyen ambos conceptos. Usando este criterio, el libro es un desastre sin paliativos. De los 19 relatos antologados, no hay ni uno que se pueda calificar de relato pulp, ni de lejos. Como no puede ser de otra manera si tenemos en cuenta que Gámez ha montado el libro con una veintena de autores de la intelligentsia indie post-nocillera, los textos recogidos son complejos, literarios, sofisticados, construidos a base de referencias cruzadas y en algunos casos abiertamente vanguardistas. El tema de la negritud aparece en muchos como anécdota y en otros como vehículo.
En el fondo, lo que esta clase de libros demuestran es lo estéril que es en la práctica hablar de mezcla de géneros o baja cultura. Frente a un encargo así, los autores indies demuestran que el pulp les hace gracia hasta cierto punto, pero ni mucho menos lo bastante como para renunciar a divertirse haciendo las cosas que a cada uno de ellos les divierte. Incluso autores que suelen mencionar el pulp entre sus influencias (como Robert Juan o Laura Fernández), en realidad lo que hacen es algo completamente distinto. En este caso, ni siquiera tiene sentido la usual distinción entre plegarse al encargo editorial o llevar el encargo a su terreno. Si un escritor es bueno, es inmune a los encargos: o bien los rechaza o bien manda lo que le sale de las narices.



Dicho esto, las particulares características de la BlackPulp Box sí que le dan a los relatos de Increíbles historias en negrita un punto de frikismo y una atmósfera que los hacen especiales. En el libro hay risas a cascoporro y también un montón de buena literatura, atrevida y ocasionalmente salvaje. No en vano, están antologados varios de los mejores autores españoles de la última década. En “El piloto pálido”, Robert Juan Cantavella crea una fantástica intriga que une los accidentes aéreos de los generales Sanjurjo, Mola y de Ramón Franco Bahamonde. En “Nigredo Pulp”, Juan Francisco Ferré construye un fabuloso policial en miniatura estructurado en dos largos párrafos increíblemente oscuros y ocasionalmente joyceanos, meditando sobre el estado del nigredo, la descomposición de la vida como estadio intermedio alqúmico. “Negros en la noche” de Víctor García Tur narra con su habitual pathos lúdico y brillante la conjura de dos negros literarios en la década de 1960 por hacerse con la autoría del personaje (negro) de una popular saga de bolsilibros.
“Maldita seas, Doris Dane” de Laura Fernández es una de sus habituales historias imposiblemente truculentas y psicodélicas, sobre un vagón de metro secuestrado como parte de una conjura de espionaje, mandado a otro planeta y eventualmente devuelto. “Vamos, Bobby, te enseñaré cómo se hace” de Javier Fernández es un fragmento de su obra teatral Edificando América, de ambientación ci-fi clásica, mientras que “La Moreneta, virgen de Montserrat” es un retrato sutilmente gótico sobre un escultor de vírgenes negras, similar en atmósfera a los recogidos en “El libro de los vivos” del Colectivo Juan de Madre, seudónimo del escritor barcelonés Daniel Miñano, uno de los autores más personales aparecidos en los últimos años. En “Blanconomicón”, Vicente Luis Mora descubre un inquietante texto cosmogónico-escatológico y vuelve a reivindicar su lado cómico, uno de sus lados que más me gustan (hablamos del mismo escritor que se inventó un número entero de Quimera en broma).


“El final de un cuento” de Óscar Gual retrata, con su habitual inteligencia y gamberrismo, a una pareja de ex siameses africanos especialistas en Star Wars dando usos imaginativos a sables de luz de juguete antes de escribir el final de su propio cuento. “Ojos de sol y los cazadores de la noche" de Grace Morales cuenta una historia de dioses paganos y rituales en la huerta almeriense poblada de jornaleros senegaleses. “Primera clase de informática” recupera la obsesión (literaria) de Roberto Valencia por la pornografía, esta vez en clave satírica. “La historia no verídica de Manolo Vázquez y Pam Grier” de Mara Lethem elige como elementos centrales el Bar Manchester del Raval y a Manolo Vázquez, para escarnio del marido de la autora (aunque muy divertido, eso sí). Y por fin, a modo de traca final, el absolutamente histérico “Negro Ébola” de Jordi Costa nos lleva a un futuro donde los Centros de Culpo-Terapia Racial eliminan vestigios de culpa después de la ecualización de todas las razas, creando entornos de realidad virtual que recrean, entre otras, la famosa leyenda urbana del negro y la bandeja en el comedor universitario, hasta que uno de los empleados del Centro se carga los parámetros de la terapia, convirtiendo el relato en un fabuloso ensayo-ficción sobre cine y relaciones raciales.


Obviamente, el mérito de haber juntado a todas estas luminarias es del antólogo, el señor Luis Gámez de Córdoba. Después ya es mérito de cada uno de ellos el haber sacado su parte más friki, o directamente geek, haberse deshecho de cualquier consideración de seriedad y haber sacado a la luz su parte más gamberra (aunque en la mayoría de casos no parece que hayan tenido que hacer mucho esfuerzo). El resultado es una especie de parque de atracciones literario, donde la ciencia ficción, los detectives, las conspiraciones y la brujería se suceden en el índice como si fueran el mapa de Port Aventura. Mención especial merecen, como siempre, Cisco y Sara de Aristas Martínez, por el diseño del libro. Y espero que estas líneas sirvan de homenaje a los autores del libro y también como recomendación para cualquiera que se pueda sentir tentado. Para mí, sin duda, uno de los hits de la primavera.