No puedo evitarlo: me fascinan los libros
colectivos. Me fascina eso que tienen de criaturas de Frankenstein literarias,
de reuniones de estilos y poéticas irreconciliables, aberraciones estéticas de
donde a menudo emergen atmósferas confusas y mareantes. El arte de la
cacofonía. Y por supuesto, en todos hay algo de combate de gladiadores, una
búsqueda inevitable por parte del lector de los relatos “ganadores”. Los
editores casi nunca ayudan, proponiendo rocambolescos leit motifs temáticos,
límites arbitrarios de extensión y después ordenando los textos en base a
criterios igualmente esotéricos. Precisamente por esto, cuando encuentras un
libro colectivo interesante y con personalidad, el subidón está garantizado. En
España hemos tenido varios en los últimos años: 22 escarabajos, Matar en Barcelona,
Doppleganger o Mi
madre es un pez.
A esos hay que sumarle ahora uno más que está a la altura de los anteriores en
términos de frikismo, sorpresa y alegría. Me refiero a Increíbles historias
en negrita
(2012), el libro de relatos colectivo que viene dentro de la Black Pulp Box de Aristas Martínez.
Editada
por Luis Gámez para Aristas, la antología asume como esotérico punto de partida
la reunión de relatos pulp relacionados con la “negritud”, proponiendo la blaxploitation como estética donde
confluyen ambos conceptos. Usando este criterio, el libro es un desastre sin
paliativos. De los 19 relatos antologados, no hay ni uno que se pueda calificar
de relato pulp, ni de lejos. Como no puede ser de otra manera si tenemos en
cuenta que Gámez ha montado el libro con una veintena de autores de la intelligentsia indie post-nocillera, los
textos recogidos son complejos, literarios, sofisticados, construidos a base de
referencias cruzadas y en algunos casos abiertamente vanguardistas. El tema de
la negritud aparece en muchos como anécdota y en otros como vehículo.
En el fondo, lo que esta clase de libros demuestran es lo estéril que
es en la práctica hablar de mezcla de géneros o baja cultura. Frente a un
encargo así, los autores indies demuestran que el pulp les hace gracia hasta
cierto punto, pero ni mucho menos lo bastante como para renunciar a divertirse
haciendo las cosas que a cada uno de ellos les divierte. Incluso autores que
suelen mencionar el pulp entre sus influencias (como Robert Juan o Laura
Fernández), en realidad lo que hacen es algo completamente distinto. En este
caso, ni siquiera tiene sentido la usual distinción entre plegarse al encargo
editorial o llevar el encargo a su terreno. Si un escritor es bueno, es inmune
a los encargos: o bien los rechaza o bien manda lo que le sale de las narices.
Dicho esto, las particulares características de la BlackPulp Box sí
que le dan a los relatos de Increíbles historias en negrita un punto de
frikismo y una atmósfera que los hacen especiales. En el libro hay risas a
cascoporro y también un montón de buena literatura, atrevida y ocasionalmente
salvaje. No en vano, están antologados varios de los mejores autores españoles
de la última década. En “El piloto pálido”, Robert Juan Cantavella crea una
fantástica intriga que une los accidentes aéreos de los generales Sanjurjo,
Mola y de Ramón Franco Bahamonde. En “Nigredo Pulp”, Juan Francisco Ferré
construye un fabuloso policial en miniatura estructurado en dos largos párrafos
increíblemente oscuros y ocasionalmente joyceanos, meditando sobre el estado
del nigredo, la descomposición de la vida como estadio intermedio alqúmico.
“Negros en la noche” de Víctor García Tur narra con su habitual pathos lúdico y
brillante la conjura de dos negros literarios en la década de 1960 por hacerse
con la autoría del personaje (negro) de una popular saga de bolsilibros.
“Maldita seas, Doris Dane” de Laura Fernández es una de sus habituales
historias imposiblemente truculentas y psicodélicas, sobre un vagón de metro
secuestrado como parte de una conjura de espionaje, mandado a otro planeta y
eventualmente devuelto. “Vamos, Bobby, te enseñaré cómo se hace” de Javier
Fernández es un fragmento de su obra teatral Edificando América, de ambientación
ci-fi clásica, mientras que “La Moreneta, virgen de Montserrat” es un retrato
sutilmente gótico sobre un escultor de vírgenes negras, similar en atmósfera a
los recogidos en “El libro de los vivos” del Colectivo Juan de Madre, seudónimo
del escritor barcelonés Daniel Miñano, uno de los autores más personales
aparecidos en los últimos años. En “Blanconomicón”, Vicente Luis Mora descubre
un inquietante texto cosmogónico-escatológico y vuelve a reivindicar su lado
cómico, uno de sus lados que más me gustan (hablamos del mismo escritor que se
inventó un número entero de Quimera en broma).
“El
final de un cuento” de Óscar Gual retrata, con su habitual inteligencia y
gamberrismo, a una pareja de ex siameses africanos especialistas en Star Wars
dando usos imaginativos a sables de luz de juguete antes de escribir el final
de su propio cuento. “Ojos de sol y los cazadores de la noche" de Grace Morales
cuenta una historia de dioses paganos y rituales en la huerta almeriense
poblada de jornaleros senegaleses. “Primera clase de informática” recupera la
obsesión (literaria) de Roberto Valencia por la pornografía, esta vez en clave
satírica. “La historia no verídica de Manolo Vázquez y Pam Grier” de Mara
Lethem elige como elementos centrales el Bar Manchester del Raval y a Manolo Vázquez,
para escarnio del marido de la autora (aunque muy divertido, eso sí). Y por fin, a modo de traca
final, el absolutamente histérico “Negro Ébola” de Jordi Costa nos lleva a un
futuro donde los Centros de Culpo-Terapia Racial eliminan vestigios de culpa
después de la ecualización de todas las razas, creando entornos de realidad
virtual que recrean, entre otras, la famosa leyenda urbana del negro y la
bandeja en el comedor universitario, hasta que uno de los empleados del Centro
se carga los parámetros de la terapia, convirtiendo el relato en un fabuloso
ensayo-ficción sobre cine y relaciones raciales.
Obviamente,
el mérito de haber juntado a todas estas luminarias es del antólogo, el señor
Luis Gámez de Córdoba. Después ya es mérito de cada uno de ellos el haber
sacado su parte más friki, o directamente geek, haberse deshecho de cualquier
consideración de seriedad y haber sacado a la luz su parte más gamberra (aunque
en la mayoría de casos no parece que hayan tenido que hacer mucho esfuerzo). El
resultado es una especie de parque de atracciones literario, donde la ciencia
ficción, los detectives, las conspiraciones y la brujería se suceden en el
índice como si fueran el mapa de Port Aventura. Mención especial merecen, como
siempre, Cisco y Sara de Aristas Martínez, por el diseño del libro. Y espero
que estas líneas sirvan de homenaje a los autores del libro y también como
recomendación para cualquiera que se pueda sentir tentado. Para mí, sin duda,
uno de los hits de la primavera.




