INFIERNO EN LA TIERRA (Reseña de 1974, de David Peace, publicada en Cultura/s de La Vanguardia)
A finales de la década de 1990, el futuro de la novela británica pintaba mal, dominado por la blandenguería de Nick Hornby, Helen Fielding y su legión de clones. Amis iniciaba su divorcio de público y crítica con Tren nocturno. Kureishi emprendía una década de calvario creativo con Siempre es medianoche, mientras que Jonathan Coe inauguraba una versión edulcorada de sí mismo con El club de los canallas. Es cierto que empezaba a avistarse en el horizonte una generación de novelistas mucho más atrevidos (la de David Mitchell o Toby Litt), pero aun así nada presagiaba la aparición de 1974 de David Peace. Es cierto que Peace ha incurrido después en ciertos automatismos estilísticos, pero la verdad es que nada lo prepara a uno para el shock de leerlo por primera vez. No es que a David Peace le falten precursores, que los tiene, aunque van emergiendo poco a poco: Burroughs y Trocchi, la poesía punk de John Cooper Clarke, el noir ultra-viril de Derek Raymond, la sordidez sin paliativos de John Braine, los monólogos interiores modernistas de James Kelman y el gótico alucinado del cuarteto de James Ellroy. Pero la primera impresión que tiene el lector al coger uno de sus libros es la de estar hundiéndose en un vórtice desconocido de violencia y lenguaje alucinado. Un vórtice que hace que el Ian Rankin más sórdido o el Ellroy más tétrico parezcan autores juveniles.
La obra de Peace se puede describir como un enorme y oscuro estudio psicogeográfico de su Yorkshire natal durante los años 70 y 80, conformado por una serie de eventos que dejaron su impronta en la psique colectiva de aquella época. Estos eventos incluyen los crímenes del destripador de Yorkshire, cometidos entre 1975 y 1981 (en su Red Riding Quartet, cuarteto de novelas que se inicia con 1974); la Huelga Nacional de Mineros (en GB84) o la historia trágica del Leeds United (en The Damned Utd). Otros elementos de la época tienen casi el mismo peso en los libros: el punk y el post-punk, la corrupción y la famosa desintegración del tejido social británico de aquellos años. 1974 funciona como portal a este universo intensamente personal. Por un lado, por cuestiones puramente cronológicas. 1974 retrata los últimos coletazos de la Inglaterra de Ted Heath, un periodo sangrante de desmoronamiento de las instituciones, con una inflación y un paro descabellados, el gobierno y los sindicatos en guerra, huelgas, racionamiento de suministros, tensiones raciales, campañas virulentas del IRA y un gobierno acorralado que trató de imponer medidas como la semana de tres días o la tristemente célebre Industrial Relations Act. En este sentido, 1974 muestra el momento mismo en que el infierno se desata sobre la tierra, analizando las causas de la violencia –política, policial, criminal– que sacudiría al país en la década siguiente. 1974 también introduce prácticamente todos los elementos que se irán desarrollando en las novelas posteriores (corrupción policial y mediática, historia futbolística, tensiones obreras), y lo hace de una manera más accesible que en libros posteriores. Organizado a la manera de una espiral descendente, el estilo del Red Riding Quartet se va oscureciendo en el resto de la saga, dejando atrás la trama lineal con punto de vista único para irse fragmentando y cediendo paso a los sueños, las imágenes del inconsciente y un texto progresivamente obsesivo y basado en los leit-motifs, las repeticiones y ritmos de la poesía beat y las letras del punk.
1974 arranca cuando Edward Dunford, reportero del Yorkshire Post, asiste a la rueda de prensa por la desaparición de la niña Clare Kemplay. Clare aparece torturada y violada al cabo de unos días, con unas alas de cisne cosidas a la espalda, pero para entonces Dunford ya ha empezado a ver signos de algo mucho más grande y oscuro. Cuando localiza dos desapariciones previas de niñas en la misma zona, su periódico lo silencia. Las investigaciones de un periodista disidente llamado Barry Gannon terminan con éste decapitado en un turbio accidente de tráfico. La policía de Yorkshire, liderada por el siniestro comisario jefe Oldman, empieza a desvelarse ante Dunford como un monstruo con tentáculos que se extienden hacia la política local y nacional (el parlamentario William Shaw), los medios de comunicación (el redactor jefe Bill Hadden), el negocio inmobiliario (el constructor Donald Foster) y un siniestro arquitecto (John Dawson) que está llenando el Oeste de Yorkshire con unas “casas nuevas” que pueden enriquecer sin límites a sus promotores. Siguiendo los pasos de Gannon, Dunford encuentra la conexión oculta que une la trama de secuestro infantil y pederastia con la violación del paisaje, la comunidad y el tejido social que están llevando a cabo todos esos poderes fácticos. La violación y el sexo brutal se convierten en metáfora central de las relaciones interpersonales y en eje mismo de la trama. Dunford tiene que acostarse con la madre de una de las víctimas y sodomizarla para adentrarse en el enigma, de la misma manera que Gannon tuvo que usar a un chapero para desvelar el otro lado de la trama. La policía viola en sus celdas. Los ricos violan a niñas para divertirse. “Esto es el norte”, clama alguien en medio de la historia; “y hacemos lo que nos da la gana”, invirtiendo la tradición de representaciones literarias de Yorkshire salidas de las plumas de sus nativos, desde las cumbres borrascosas de las Brontë hasta las fieras místicas de Ted Hugues. Los horrores desatados en ese norte “nadie los va a impedir porque a nadie le importa una mierda. (…) Sólo importan las pequeñas mentiras y el dinero”. A cambio de saber la verdad, el protagonista de 1974 pierde su humanidad en una grotesquerie de torturas y mentiras digna de Harold Pinter. “Todo está relacionado”, descubre al final, “no existe la casualidad, hay un plan y por consiguiente hay un dios”. Así se pasa del West Riding de los mapas al Red Riding de David Peace, donde las leyes de la razón dejan de regir y el mal metafísico se cuela por la puerta de atrás.


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