28 julio 2010

STEWART HOME



Puede parecer una tontería, o por lo menos raro, pero en este blog nunca escribo de las cosas que me gustan de verdad. Escribo de cosas que me gustan, hasta de cosas que me gustan mucho, pero hay un núcleo duro de pasiones literarias o musicales que evito mencionar. Alguna vez me he preguntado por qué, pero la razón es evidente. Las cosas que nos apasionan de verdad nos las guardamos para nosotros. No nos hace falta compartirlas ni hacerlas públicas. De hecho, cuando más privadas sean mejor. Yo he mencionado muchas veces, en entrevistas, por ejemplo, cuáles son mis pasiones literarias, pero lo que me gusta es disfrutarlas en solitario. Me importa un pimiento lo que le parezcan al resto del mundo. Mis escritores privados y yo nos relacionamos en privado, muchas gracias. Ese mundo secreto es esencial. Es lo que le da sentido a nuestra vida de lectores. La familia de fantasmas que pueblan el castillo encantado de nuestra mente. Algo intransferible, incomunicable. Sin ese núcleo duro, no nos molestaríamos en leer el resto. De hecho, probablemente leemos el resto para poder seguir comparándolo desfavorablemente con nuestra familia de fantasmas.
A la edad que tengo, he conseguido reducir (creo que con éxito) mi elenco de lecturas sagradas a un número razonable. Diez escritores deberían ser el límite, creo yo, más de diez me parece una adulteración. Mi meta es alcanzar un punto en la vida en que ya solamente lea a esos diez. En mi caso, los muertos: Perucho y Cirlot, Pamela Travers, Lovecraft, Crowley, B.S. Johnson. Y los vivos. En primer lugar Iain Sinclair, mi mago, mi ángel de la guarda. El proverbial escritor que me llevaría a una isla desierta. Y después, en segundo lugar incontestable, Stewart Home. El mago y el bufón.
Podría escribir páginas y más páginas sobre Stewart Home, pero la verdad es que me costaría esfuerzos terribles porque me gusta demasiado como para racionalizarlo fácilmente y explicar lo que me parece. Y además, claro, es una pasión esencialmente privada. ¿Para qué estropearla escribiendo sobre ella? ¿De qué Stewart Home estoy hablando? Bueno, no del ensayista, al que he seguido de forma más bien intermitente, ni tampoco al narrador de los 80 y los 90, aunque amo con locura su obra de esas décadas, una sucesión delirante de parodias de género que mezclan la exploitation, la estética skinhead y el porno, apropiándose sus modelos de una forma que las acerca al gesto artístico conceptual. Hablo del Stewart Home de la última década, autor de cinco novelas que han cambiado mi vida: 69 Things To Do With A Dead Princess (2002), Down & Out In Shoreditch and Hoxton (2004), Tainted Love (2005), Memphis Underground (2007) y hace menos de un mes, Blood Rites of the Bourgeoisie (2010). ¿Y por qué escribir aquí de Stewart Home, cuando acabo de anunciar que nunca escribo de los libro que me apasionan? Precisamente porque acabo de leer esta última novela y estoy anonadado y seguiré estándolo durante unos días. Blood Rites of the Bourgeoisie es una sátira salvaje del mundo del arte londinense, protagonizada por un curator detestable llamado Time Server y un artista incendiario transexual, Suicide Kid, comprometido con llevar su visión de una exposición basada en su invención de una literatura abstracta al ficticio museo MoMa de Londres, donde Time Server trabaja. Al mismo tiempo, Suicide Kid ha creado el ArtWhore Virus, su verdadera obra maestra y la máxima expresión de una ética basada en la obscenidad y el insulto (dos artes que Home domina), la exposición implacable de la condición degradante y meretricia del arte y la cultura, esos ritos sangrientos de la burguesía de los que habla el título.


Hay muchas cosas que me impresionan de Home, pero quizás lo que me tiene pasmado es la combinación de su inteligencia asombrosa y su sentido del humor (es lo más divertido que he leído nunca) con su desprecio absoluto por la idea misma de literatura. Sus libros son artefactos casi abstractos o conceptuales en su no-búsqueda de significado, en su carencia de postulados que no se defenestren a sí mismos. En sus libros, Home no deja títere con cabeza pero tampoco propone alternativas. Todo se termina en la pura farsa, salvo por el hecho de que la farsa misma también termina desactivándose a sí misma. Es el ideal surrealista de libro plano, abstracto, cósmicamente bello en su insignificancia. Hay mucho de cuchufleta dadaísta, de gesto punk de enseñar el dedo, una literatura cuya verdadera pornografía consiste en no pretender significar pese a sepultarnos en un mar de referencias, significados, parodias, risas histéricas y sexo salvaje. A ello se le suma la actitud de Home hacia su propia obra: nunca publicar dos libros en la misma editorial, solamente publicar en editoriales underground sin apenas distribución, dar la espalda al reconocimiento, mostrar su indiferencia absoluta a la profesión de escritor, conceder entrevistas incendiarias, insultar a todos los demás escritores, y cuando la prensa elogia su arte, arremeter contra ella. No puedo admirar más a este hombre. Es, en muchos sentidos, mi ideal de escritor. Consecuente, puro y heroico. Un anticristo de la literatura con unas antinovelas que no puedo parar de leer una y otra vez.
Me disculpo por la parrafada. Si estas líneas interesan o inspiran a alguien, genial. Si no, tampoco importa demasiado. Ha sido mi breve momento de intentar compartir una pasión muy íntima. Prometo que no volverá a pasar (pronto)

26 julio 2010

CORONA DE FLORES Y LA CRÍTICA



Cuatro meses después de que se publicara Corona de flores, creo que ya puedo hacer cierto balance de la respuesta de los medios y la crítica. Ha sido muchísimo lo que ha salido, nunca ningún libro mío había tenido esta cobertura. En términos de crítica, la experiencia ha sido muy distinta a la de mis últimos libros. Los ríos perdidos de Londres y Mundo maravilloso polarizaron bastante a la crítica. Corona de flores, en cambio, ha tenido críticas casi unánimemente elogiosas, y curiosamente, y esto es la primera vez que me pasa, las críticas han coincidido bastante en sus argumentos. Prácticamente todos los críticos han asociado el libro con los subgéneros del folletín y el gótico, ya sea en clave de revisión o incluso de parodia. La han asociado con el expresionismo, con el género negro, con Valle-Inclán y con Goya. Han elogiado su apuesta por lo sangriento, lo brutal y lo sórdido. Una parte de los críticos han señalado los puntos en común con Alan Moore y el steampunk. Casi todas las reseñas han elogiado la reconstrucción del periodo y su alejamiento de los estándares de la novela histórica. Varios han establecido contrastes en este sentido con La catedral del mar y La sombra del viento y alguno incluso ha sugerido que mi novela es una parodia de ellas (no es verdad). Algún que otro crítico ha subrayado mi alejamiento estético de la Generación Nocilla. También han merecido elogios la pareja de protagonistas. Varios críticos han asociado este libro con Los ríos perdidos de Londres.
Todas las reseñas han sido muy positivas, que es algo que no me pasaba desde El dios reflectante. La única salvedad ha sido la reseña de Juan Antonio Masoliver para Cultura/s, que hace cinco años escribió una crítica fabulosa sobre Los ríos perdidos de Londres. La crítica que ha escrito ahora de Corona de flores es inteligente, respetuosa y bastante elogiosa, pero concluye con un final tibio donde critica que el libro “carga demasiado las tintas sobre lo sórdido y lo nauseabundo y sobre la degradación física de los seres humanos”. Y termina sugiriendo que la apuesta estricta por el reato de género le resta trascendencia al libro.
La publicación me ha reencontrado con periodistas y críticos que han tenido un papel importante en mi carrera. Me han hecho ilusión los elogios de Lluis Llort, que escribió una reseña muy severa de Mundo maravilloso en Avui hace tres años y que ahora aplaude el hecho de que con esta nueva novela “no hace falta machete” para avanzar en la lectura. Me hizo una gran entrevista Xavi Ayén, que fue uno de los principales valedores del éxito de mi primer libro. También me hizo ilusión leer la crítica para El periódico de Ricard Ruiz, que se había mostrado escéptico respecto a mis primeros libros. Me lo pasé muy bien hablando sobre el libro con Manu González, con Laura Fernández, con Elena Hevia, con Jordi Nopca, con Jesús Rocamora, con Rosa Mora y con las docenas de personas que me han entrevistado para la promoción.
Mi intención, como pudo verse hace unas semanas, era escanear los artículos y colgarlos en este blog. Sin embargo, mi incompetencia técnica, unida al hecho de que los PDF que me manda Mondadori tienen resolución muy baja, me han hecho cambiar de opinión. Me limito a incluir una selección de frases. Enjoy.




“Una novela oscura, de sutiles relaciones. Un carnaval goyesco, un aquelarre, en busca de la esencia de lo maligno o de la purificación”
J.A. Masoliver Ródenas, La vanguardia

“Calvo coopta la tradición anglosajona para convertir la ciudad de Barcelona en una experiencia estética de primer orden. Corona de flores consigue el gran desafío de transgredir el homenaje para apropiarse verdaderamente del gótico e integrarlo sin ningún inconveniente en su ciudad”.
Antonio J. Rodríguez, Quimera

“Algunos de los temas que más gustan a Javier Calvo –la nigromancia, el victorianismo, los escenarios sórdidos y grotescos– se suceden en Corona de flores con una perfección pasmosa. Es posiblemente su mejor obra hasta la fecha”.
Javier Blánquez, El mundo

“Es en el trazado del plano de un mundo alucinante donde mejor se advierte la maestría del escritor, que encadena los detalles descriptivos con precisión, recordando algunas páginas del Valle-Inclán más maduro”.
Ricardo Senabre, El mundo

“Urgía la aparición de un Cervantes que dinamitara con brillantez la abusiva proliferación de imitadores de La sombra del viento y La catedral del mar, un Valle-Inclán subrayando su esperpento; esto es, alguien que, presentando una narración a la altura, firmara el acta de defunción por adelantado del alud de novelas, novelitas y noveluchas sobre la Barcelona Histórica. Alguien, en fin, como Javier Calvo, que le haya puesto al fenómeno una espectacular corona de flores”.
Ricard Ruiz, El periódico

“Una inteligencia argumental desusada en la novela de género. En un momento en que algunos escritores españoles pretenden declarar caduco el pasado, Javier Calvo (que practicó ese mismo gesto cinco años antes de que esos escritores descubrieran el futuro, que para Calvo ya es una cosa del pasado) regresa a ese pasado, y su gesto dice mucho más acerca de su pertenencia a cualquier grupo o colectivo que un manifiesto. Corona de flores es una prueba de que Javier Calvo mira las nuevas olas pero ya es parte del mar”
Patricio Pron, El boomeran

“Un carpetazo a posmodernismos y derivas mutantes, una pieza de género que quizá los lectores de Carlos Ruiz Zafón o Ildefonso Falcones puedan considerar cualquier cosa menos… normal. En Corona de flores, el escritor dibuja una Barcelona tétrica, excesiva y demencial con trazos de aguafuerte, poderoso estilo y, sobre todo, un gran sentido del espectáculo”.
Jordi Costa, EP3

“Magnífica novela (…) Con palabras, gestos y percepciones que pertenecen a un ideario expresionista y salvaje. (…) Buen autor posmoderno, absorbe variados ingredientes pero inyecta en la obra la suficiente claridad para que no decaiga la función. Como si fuera un verdadero mago”.
Lluis Satorras, Babelia.

“Una Barcelona calvonizada, que se puede reconocer por las calles pero con pinceladas inquietantes, demoníacas, paracientíficas, enfermizas. (…) Una sensualidad que permite ver las cosas. Un desasosiego de gran guiñol que funciona porque la historia y la ambientación lo permite. A partir de aquí, más vale que lo expliquen los personajes, que lo harán mejor y con un ritmo magnífico”.
Lluís Llort, Avui

“Una Barcelona iluminada por titubeantes luces de gas. La construcción de ese escenario es magnífica. Calvo transforma la Barcelona de finales del XIX en un sofisticado teatro siniestro. Nada que ver con sombras del viento y catedrales del mar, esas cumbres del cartón piedra. Brutal, solemne y maloliente, la ciudad es un animal acorralado en el que late un corazón diabólico. (…) La conseguida trama criminal va dibujando en su avance una reflexión de mayor calado y la sospecha de la modernidad se edifica sobre inestables cimientos de delirio. Entre el noir, la novela gótica y el steampunk, Corona de flores es un texto ambicioso que se lee con una mezcla de interés y asombro. Es la evolución natural de los cuentos victorianos de “Los ríos perdidos de Londres”. Lo que antes era un ejercicio de estilo ahora es la toma de posesión de un mundo propio”.
Pablo Martínez Zarracina, El correo

“Maravillosamente estructurada y dueña de un ritmo frenético que te obliga a devorarla hasta el final, Corona de flores presenta varias lecturas inquietantes. Por un lado tenemos el misterio, en un segundo plano se encuentra esa Barcelona maldita por siglos de sangre, rituales y caos y, en el centro, el enfrentamiento de la religión visceral contra la ciencia más impersonal. Concederle un sobresaliente sería quedarse corto”
Manu González, Go Mag

Corona de flores es una novela tan atmosférica que embriaga, acojona, hipnotiza al lector, lo hunde sin remedio en una cenagosa historia cargada de símbolos, superstición, horror y violencia. Tiene todos los ingredientes de una gran novela de crímenes. Podría estar hablando durante horas de esta deliciosa pesadilla”.
Óscar Broc, Playground Mag

“Una trama llena de sorpresas. Calvo conforma que es un escritor muy dotado para la recreación de los espacios, pero sobre todo para dar vida a unos ingredientes tan antiguos como son los demoníacos. En los excesos es donde se calibra mejor la calidad de un escritor. Ahí Calvo demuestra que lo es. Una plasticidad enorme, feudataria de un lenguaje imaginativo, en extremo cuidado”.
José María Pozuelo, ABC Cultural

“Con esta espeluznante novela Javier Calvo escala la tapia de la Generación Nocilla y lejos de listillos y posmodernos, se saca de la chistera una monstruosa recreación histórica que es al mismo tempo thriller gótico, parodia del folletín decimonónico y sangriento inventario de torturas y asesinatos. (…) Corona de flores ya es la antinovela de Barcelona.
David Morán, Rock de Lux

13 julio 2010

QUIMERÍZATE

En un post del 15 de enero me dediqué a reivindicar dos revistas literarias que publican ficción original en todos sus números, las dos dirigidas por amigos míos, Quimera y Eñe. Han pasado seis meses y sigo quejándose incansablemente del hecho de que no haya más revistas que publiquen ficción en España, sobre todo cuando de un tiempo a esta parte salen nuevos escritores todos los meses. Además de estas dos solamente se me ocurre Barcelona Review, la revista electrónica trilingüe donde yo publiqué mi primer relato y que todavía funciona, incansable, con una presencia pública casi fantasmagórica. Es posible que haya otras revistas que publiquen ficción y que yo no conozco, lo admito. Pero el asunto me molesta lo bastante como para insistir con otro post.
Hoy quiero hablar de los textos de ficción que ha estado publicando en Quimera mi amigo Jaime Rodríguez Z. Cada mes cuando abro el buzón y encuentro la revista, es lo primero que busco en el índice: quién escribe los relatos del mes. También me leo los ensayos de Quimera, pero qué le puedo hacer: siempre he sido un lector entusiasta de ficción y antes me leeré un cuento que cualquier cosa que tenga algún aspecto de crítica literaria. Es una actitud retrógrada en un momento de indefinición de géneros y de mutaciones literarias, claro, pero cada cual es como es y no me avergüenzo de mis filias por conservadoras que sean.


En mi anterior post sobre Quimera hablé de Mathias Enard, Alan Pauls y Pola Oloixarac. Desde entonces, la revista ha publicado una decena de textos más, casi todos de autores que yo no conocía. Eso sí que es un puto servicio público, cada mes en el buzón. En el número de mayo salieron tres relatos dentro del dosier de literatura chilena coordinado por Antonio Jiménez Morato. En "Ratas", Marcelo Mellado usa un Valparaíso distópico como excusa para emprender una de sus diatribas en jerga burocrático-administrativa trufada de elementos cloacales-rectales y furibundia jocosa contra los gestores culturales y poetas de signo diverso. Creo que el relato es de Ciudadanos de baja intensidad, aunque no estoy seguro. Este año ha salido una antología en Chile de sus mejores relatos que supongo que alguien publicará en España. Alejandro Zambra, a quien conocemos en España por sus dos novelas cortas en Anagrama, firma en "Noventa días" una sutil alegoría en la que el proceso de dejar de fumar se transforma en obra artística fallida, con momentos de perversidad igualmente sutiles. Marcelo Lillo, de quien Mondadori ha publicado hace poco la antología Cazadores, incluye "Motel", una de sus narraciones carverianas rezumantes de sordidez y soledad nicotínica. Con una temática parecida arranca el relato de Jimena Néspolo en el número de junio, "La sustancia", que va literariamente bastante más allá para construir todo un American Gothic con sombras de incesto, pederastia y tíos que matan a tu novio y lo echan a comer a los cerdos. La pintura digital de Carmen Burguess que acompaña el relato es de las mejores que le he visto.


El número de julio es un auténtico festival. Primero trae un adelanto de "Hilo musical", la primera novela de Miqui Otero, que publicará Alpha Decay en septiembre. No he leído la novela de Miqui, lo admito, pero tanto por el perfil del autor como por este adelanto (una hilarante secuencia vivencial de trabajadores de un parque temático llamado Villa Verano) debería ser uno de los eventos literarios del año. Un genuino narrador pop en la vena de Francisco Casavella y Kiko Amat. Por lo menos yo la espero con ansia. Luego están los relatos ganadores de la Convocatoria Facebook, que Quimera hizo en la popular red social. Víctor García Tur, autor del fantástico Twistanschauung de hace dos años, escribe Líquido (R) un maravilloso relato philip k. dickiano sobre una modalidad intravenosa de entretenimiento que disgrega el tejido familiar encapsulando la esencia de la lógica capitalista del ocio como vacío de producción. No sé cuándo se publica su segundo libro de relatos, Bildungsrobot, pero iré a por él y lo comentaré en este blog. Luis Gámez firma una pesadilla surrealista-pop, con ciencia aberrante, cucarachas, zombis y disgregación excrementicia del propio relato. Pablo López Carballo, poeta leonés que si no me equivoco dirige el espacio Afterpost, firma "Diario de niebla", crónica en forma de diario con aparato crítico de notas que narra magistralmente un proceso de recomposición de vestigios tecnológicos a partir de unos apuntes también vestigiales, dañados por un incendio cuya naturaleza forma parte del mismo enigma a reconstruir. Matías Candeira, cuentista madrileño, elabora en "Exploradores" una indagación de la violencia desde la perspectiva del monstruo que es también una exploración familiar y que personalmente me ha recordado a la maravillosa Wasp Factory de Iain Banks.
Lo más genial del dosier, aparte de que los relatos son estupendos, es que los autores son todos nacidos en los años 80. A ver qué otra revista tiene cojones de hacer esto: generar escenas literarias nuevas, no conformarse con lo que ya hay.
En fin, este es un post reivindicativo, ya lo veis. Cuando estoy en Estados Unidos, hay un ritual en la familia de mi mujer que siempre me ha parecido encantador, que es el sacar el New Yorker o el Harper's del buzón y hojearlo con el desayuno. Y pienso en lo maravilloso que es estar en un país que tiene centenares de revistas literarias que encima la gente compra y lee. No estoy diciendo que vivir en América sea más maravilloso que vivir en España, que no lo es. Pero yo personalmente voy a hacer toda la publicidad que pueda a Quimera, para defender su modelo. (Pese a su insolvencia generalizada y a que a veces dejan pasar toda clase de chufas tipográficas). Felicidades, Jaime. No es que piense que mi reivindicación va a tener ningún efecto ni que piense que las cosas van a cambiar, pero no por eso pienso callarme. Y vosotros, quimerizaos, niños y niñas. No os arrepentiréis.

11 julio 2010

EL REGRESO DE CALIBÁN



(Versión íntegra del artículo publicado este mes en la revista Letras Libres sobre Iván de la Nuez)



En su reciente libro de ensayos, Inundaciones, igual que ya hizo en El mapa de sal (2001) que ahora reedita Periférica, Iván de la Nuez desarrolla la reformulación heroica del Calibán shakespeariano que hizo en su día Roberto Fernández Retamar y postula que el eje de las controversias de la cultura latinoamericana del siglo XX ha sido la batalla intelectual del sujeto histórico latinoamericano –del cual el cubano es epítome– para construir su modernidad, forzado a elegir entre Próspero (el pragmatismo estadounidense, la cultura de masas, el pop) y Ariel (la alta cultura europea, la espiritualidad, el surrealismo). Desde la revolución, dice De la Nuez, “el sujeto histórico cubano ha aparecido a menudo identificado con Calibán, paradigma de la barbarie y la rebeldía, siempre necesitado de optar y renegar entre Próspero o Ariel, odiando a ambos y necesitando a ambos”. A fin de entrar en el Primer Mundo, el propio arte cubano de la era posmoderna ha optado por acentuar esa barbarie implícita de su cultura e identificarse con una versión estetizada y culturalmente rentable de Calibán, “el isleño a quien Próspero arrebatara su isla e impusiera su lengua”.
El regreso periódico de esta metáfora extendida shakespeariana solamente extrañará a quienes no estén familiarizados con la obra de De La Nuez: sus libros no se suceden como variaciones de un mismo libro, a la manera de tantos ensayistas, ni tampoco como aplicaciones “locales” de un canon intelectual propio. Ni siquiera me parece que las distintas entregas de su proyecto ensayístico se puedan considerar exactamente piezas de un mismo edificio intelectual o, como dice Rodrigo Fresán de sus propios libros, “habitaciones de una misma casa”, ya que eso supone una naturaleza sistemática que la obra de De la Nuez elude, a la vez que excluye un concepto de crecimiento orgánico que es muy característico de su escritura. En realidad, la metáfora más útil –tal vez la única– para describir la escritura de Iván de la Nuez es la metáfora cartográfica que él mismo formuló hace una década en El mapa de sal, cuyo proyecto de disidencia engloba el conjunto de su obra: “Yo escribo este libro –dibujo este mapa– con la pretensión mínima de cartografiar el presente. Yo dibujo este mapa –escribo este libro– para invadir el futuro”. Dicha invasión se ejecuta “entre la revolución social naufragada y la pequeña revolución  privada que es preciso llevar adelante para mantener en forma una mínima disidencia con el mundo: y será una invasión exitosa en la medida en que no favorezca a ninguna parte y las desestabilice a todas. En la justa medida en que construya una erótica (…) por las pulsiones y estremecimientos que consiga poner en juego a su alrededor. (…) He ahí la faz contundente del mapa de sal: emplear los usos que sean para que siempre quede un Muro por hacer estallar”. El proyecto del mapa de sal lleva más de una década creciendo, y su autor lo compara con la saeta de Lezama Lima, donde no importan el origen ni el destino sino la trayectoria y la propia supervivencia. Libro a libro, el mapa crece igual que crecen los mapas del cartógrafo premoderno, cuyas virtudes ha alabado De la Nuez en numerosas ocasiones: la exploración a ciegas, la incursión en la intemperie.
Inundaciones es el libro más ambicioso de Iván de la Nuez hasta la fecha, recogiendo dos décadas de escritura para publicaciones como Lápiz y Babelia y de trabajo teórico como comisario de arte, y regresando por tanto a los textos que sirven de base a los tres libros que lo preceden: La balsa perpetua (1998), El mapa de sal (2001) y Fantasía roja (2006). La idea de inundación que da título al libro es lo más parecido a un mito fundacional de la obra de De la Nuez, y alude a la transformación en 1989 de Occidente en un mundo multiperiférico, donde la caída del Muro de Berlín funciona como big bang multidireccional que fractura todas las fronteras geográficas y sociales e inunda simultáneamente las periferias de formas culturales occidentales y Occidente de las formas periféricas. Inundaciones también presenta al lector el atractivo de transformar en verdadera travesía épica (los libros de Iván de la Nuez, igual que los de su admirado Peter Sloterdijk, se leen como si fueran novelas) el que a mí me parece indudablemente el eje de su obra. Me refiero a la oposición, en ese paisaje inundado, entre los dos caminos que se le presentan al sujeto-Calibán de la metáfora inicial de este artículo: la nostalgia melancólica versus la supervivencia a la intemperie.


Por “nostalgia melancólica”, término inspirado en La jaula de la melancolía de Roger Bartra, De la Nuez se refiere a un elenco de formas políticas y culturales carcelarias destinadas a atenazar el pensamiento, mantener silenciado al “bárbaro” contemporáneo y perpetuar la autoridad cultural de Occidente. Son nostálgicas las autoridades neo-con del exilio cubano en Miami, con su edulcoración de la Cuba prerrevolucionaria como origen maravilloso de la cubanidad y también la nostalgia por la “inmanencia misma de una isla que pese a todas sus catástrofes vendría acompañada de autenticidad”. Son nostálgicos los líderes de la Revolución Cubana, tras renunciar al ideal universalista de los 60 a favor de una reivindicación neo-origenista de la raza y las raíces. Está la nostalgia de Occidente, que  necesita “codificar territorios exóticos para poder asumir de manera simple las culturas complejas que existen más allá de sus mares, al punto de no reconocer siquiera el carácter occidental de algunas, como es el caso de la latinoamericana”. Son nostálgicos los turistas revolucionarios de los que habla Fantasía roja: esa “nutrida tropa de filósofos, músicos, novelistas, poetas y cineastas que han convertido Cuba en el destino particular de sus fantasías revolucionarias, la encarnación de su sueño redentor o la terapia ideal para colocar en otro sitio –pintoresco y lejano– su desasosiego con el malestar de la cultura en Occidente”. Todos permanecen congelados en ese gesto reverencial que adopta Sartre en la foto de su encuentro con el Che, cuando ve materializada la síntesis de la mayor fantasía revolucionaria: “recibir el fuego del Che en persona”. Son nostálgicos los escritores, músicos y artistas latinoamericanos que “se han apuntado a todos los tópicos habidos y por haber para configurar el folclorismo contemporáneo”. Y son nostálgicos los multiculturalistas, con su adoración del sujeto étnico y de las raíces y con su “inserción selectiva del margen” en el discurso institucional de la cultura. Sus dispositivos institucionales de inclusión de las periferias no son más que una nueva estrategia poscolonizadora encaminada a restituir la autoridad cultural de Occidente: mientras el crítico occidental siga “comprando allá para vender aquí, reintegrándose a los centros desde un viaje circular que comienza y acaba allá mismo, su benévolo gesto no podrá cambiar el sentido perverso de un esquema que deja a la periferia su exhibición y a Occidente la conciencia crítica de la misma”.
Como puede apreciarse por el párrafo anterior, la diatriba ocupa un puesto muy central en la ensayística de Iván de la Nuez. Y sin embargo, pese a la lucidez a menudo hilarante de dicha diatriba, con sus incursiones frecuentes en la sátira, es la parte afirmativa de su ethos, su proyecto de supervivencia a la intemperie, la que marca la diferencia. En última instancia, el mapa de sal creciente y cambiante de Iván de la Nuez tiene como fin romper el círculo vicioso planteado por la metáfora extendida de La tempestad, “resistirse a la idea de un Calibán al que sólo le queda ‘maldecir en lengua ajena’, enfrentado a Próspero” y “perseguir ese momento en el que Calibán, percatado de la inutilidad de su lucha, opta por abandonar la isla y atraviesa el océano para explorar y sobrevivir, dejando algún rastro en el mar”. Esa es la base del proyecto de Iván De la Nuez, esa reinvención del porvenir que él denomina “una cruzada de sal en la intemperie”. La huida de Caliban de la isla. Dejarse llevar hasta la intemperie vital e intelectual desprotegida por los sistemas de pensamiento y poder existentes, esa intemperie que en sus primeros libros tenía su metáfora central en la huida del balsero a través del océano (o bien mi favorita: la epopeya hacia lo desconocido del pionero aeronáutico cubano Matías Pérez, desapareció en el cielo con un globo hecho de toldos).
En la base misma de ese proyecto de intemperie que De la Nuez asume como suyo se halla la ruptura de las fronteras entre arte y vida y entre arte y política (o, en sus propios términos, las “inundaciones” mutuas de estos ámbitos), ya que el arte sería la continuación de la revolución y de la política por otros medios. Así, en uno de los pasajes centrales del libro, llama a “distinguir entre las teorías sobre la otredad y las prácticas en las que el otro se ve verdaderamente inmerso. Las primeras se dirimen en las bienales de arte o en los pasillos del Pen Club; las segundas se juegan en periferias lejanas o en guetos del centro (…). Las primeras aluden a las estrategias occidentales de inclusión; las segundas nos implican en unas prácticas marginales de irrupción. Las primeras no pueden abandonar los ámbitos de una estética; las segundas nos hablan, explícitamente de una política. Las primeras hablan por el otro; en las segundas el Otro se manifiesta por sí mismo”. Frente al sincretismo que caracteriza la inclusión selectiva que lleva a cabo Occidente del margen, De la Nuez defiende la promiscuidad como camino de transgresión y como fundamento de una cultura de resistencia. Los espacios de esa promiscuidad sería el gueto, la periferia y el espacio bilingüe, espacios anárquicos no reductibles ni a las leyes de la migración ni a los discursos de la emancipación poscolonial. Y así como su obra nos ofrece una genealogía de culpables, en el anverso traza una magnífica genealogía de supervivientes, de “revolucionarios por otros medios” que pilotaron o pilotan la balsa perpetua que invade el futuro. Ahí están los artistas chicanos, por ejemplo, que junto con Guillermo Kuitman y Luis Cruz Abaceta subvierten los relatos de la geografía tal como la dicta la historia institucional; Ana Mendieta, cuya obra provisional y transcultural fractura el orden canónico tanto de la cultura occidental como de la latinoamericana; Orlan, que cierra el ciclo del cuerpo de una revolución que fracasó, entre otros asuntos, por el olvido de la revolución del cuerpo; y Peter Sloterdijk, que en su controversia con Habermas acerca de las Normas para el parque humano cancela el humanismo liberal de izquierda y reformula el concepto de lo humano.
El mito último de esa genealogía, o por lo menos el que la cierra de momento, es el retrato del Che con frijoles del artista brasileño Vik Muniz. El Che de Muniz ya no es el Che primigenio de “Norte o Sur” o de “Patria o Muerte”, atrapado en el dualismo radical de los 60 y en lo que Nelly Richard calificó de “síndrome acomplejado de la periferia”. Es un nuevo Che inmerso en prácticas mucho más ambiguas, es el Che “de la diseminación de las experiencias latinoamericanas, el de las numerosas guerrillas y los diversos ejércitos, el de los territorios controlados y los estados fuera de control, el que inunda a Estados Unidos con balseros y espaldas mojadas, y el que trafica sus armas no ya para la revolución, sino para el narcotráfico”. El Che de Muniz asume la identidad de Calibán para oponerla al arsenal de exotismos y tópicos con los que se suele despachar la cultura latinoamericana. Siguiendo una lógica de círculos concéntricos, De la Nuez identifica a ese nuevo Calibán con el artista visual transgresor de hoy (del que se nos dice que es “tremendamente latinoamericano”), con la conciencia de la nueva América Latina y la nueva Cuba del gueto y, en última instancia, consigo mismo: ese fabuloso “Calibán de la Nuez” que se nos presentaba hace diez años y que concibe su propio ensayismo necesariamente como caída del Muro que separa el arte de la vida.

07 julio 2010

SECESIÓN EN EL BÁLTICO

A partir de hoy un nuevo blog, Suomenlinna (suomenlinna.blogspot.com), se independiza de El blog de Javier Calvo para convertirse en Órgano Autónomo de Promoción de mi nuevo libro, Suomenlinna, que saldrá en septiembre en la editorial Alpha Decay. En él aparecerán no solamente todas las noticias asociadas con la publicación, sino también material inédito sobre el libro (entrevistas, material gráfico, ensayos) y todo lo relacionado con el proyecto Suomenlinna en directoSuomenlinna en directo es un espectáculo de música+spoken word diseñado por Ignacio Lois y Javier Calvo, que se estrenará el mes de octubre en el Festival LEM de Barcelona y se repetirá, con la ayuda de los dioses, en un par más de ciudades españolas.
Igual que mi libro anterior, Corona de floresSuomenlinna se publica con maravilloso arte de portada de mi amiga y colaboradora Carmen Burguess. Incluyo aquí la ilustración original de Carmen y la portada montada por Javier Arce para la edición de Alpha Decay.



Suomenlinna es un libro muy especial en mi carrera. Es mucho más corto que el resto de mis libros (96 páginas), y fue escrito originalmente en 2005, a raíz de una visita mía a Finlandia y por encargo de Emilio Ruiz Mateo, por entonces director de la revista Eñe, que incluyó una versión previa en un número especial sobre familias. El relato original tenía 20 páginas, y fue reescrito y ampliado hasta las cien actuales en 2009 a instancias de la editora Ana S. Pareja, que es a quien este libro debe su existencia. En su concepción original, por tanto, este libro quedaría cronológicamente entre mis libros Los ríos perdidos de Londres y Mundo maravilloso.
Suomenlinna también es un libro especial porque es el primer libro que publico en español que no saldrá en mi editorial de siempre, Mondadori. Mondadori sigue siendo mi editorial, y mientras ellos me quieran a mí, yo querré estar siempre con ellos. La idea de publicar este nuevo libro con Alpha Decay tiene que ver con la idea de reservar para Mondadori mis novelas "grandes", con su cobertura mediática y su distribución a lo grande, y de vez en cuando sacar algún librito "raro", pensando tal vez en un público más alternativo. Lo cual no quiere decir que Suomenlinna sea para mí menos importante que el resto de mis libros. De hecho, lo quiero igual que a los demás.
Quien lea Suomenlinna conociendo mi obra previa reconocerá fácilmente mi estilo posterior a Los ríos perdidos, igual que los temas e intereses. Yo veo Suomenlinna como mi versión personal de un cuento folk, por oposición a Mundo maravilloso Corona de flores, que son mis versiones respectivas de la novela dickensiana y del folletín macabro. Cuando hablo de folk, hablo de niñas perdidas en el bosque, objetos mágicos y paganismo animista, pero también de música folk y de la mutación más alucinante y salvaje que ésta ha tenido nunca: el black metal.
Espero que todo esto baste como presentación. Como colofón, añado el texto promocional de contraportada de la edición de Alpha Decay:


Una adolescente problemática recién salida del correccional por haber cometido un crimen racista. Una campaña para proteger la caza de las ballenas. La película The Wicker Man, vista a diario durante meses. La persona que más veces ha visto la película The Wicker Man en el mundo. Adolescentes rubios y hermosos, ojos azules y barbas trenzadas. Dioses finlandeses que llegan cabalgando sobre las aguas heladas. Las leyendas del Lejano Norte recitadas por los Cantores de Runas del Círculo Ártico cuando la naturaleza era una adolescente problemática. La isla de Suomenlinna, en el Mar Báltico de la mente, frente a la costa de la Finlandia interior, en el lejano Norte del alma. Una historia de odinistas, de supremacistas blancos, de Black Metal, del Kalevala, de caras blancas de ojos azules que lloran por la muerte de la belleza del mundo. Una historia que no contiene elementos simbólicos. Que no es ninguna metáfora del mundo. Más bien al revés: El mundo es una metáfora de esta historia.


Más novedades pronto. En breve colgaré en el nuevo blog una conversación (yo creo que estupenda) que hemos tenido el escritor Luis Magrinyà y yo en torno a Suomenlinna.
Nähdään myöhemmin!

¿RESPETABLE AL FIN?



La editorial independiente Galaade Éditions ha comprado dos de mis libros, Corona de flores y Mundo maravilloso, para publicarlos en Francia, si no me equivoco, a partir de 2011. La venta se ha hecho a través de la agencia que me representa, MB, y supone una gran noticia para el autor de este blog, y, por qué no decirlo, también para el pueblo francés. Galaade es la editorial en Francia de Juan José Millás y Juan Bonilla, y supongo que ahora también la mía. Si estar traducido al francés no es señal de respetabilidad, entonces no sé qué lo es.

06 julio 2010

CARTAS EN EL ASUNTO

Ya lo hice hace un mes o dos con Nobody move de Denis Johnson, y no me importa volver a hacerlo. Mi trabajo como traductor me ocupa la mayor parte del tiempo laboral, y de vez en cuando me descubro traduciendo un libro tan maravilloso que no puedo evitar anunciarlo a bombo y platillo. En este caso quiero celebrar la aparición en España de Going Postal (2004), la última novela de Terry Pratchett que he traducido. Buf, Terry Pratchett, pensarán algunos. Autor de una serie de 38 (¡38!) novelas, hasta la fecha, más de 16.000 páginas, más otra treintena de libros periféricos, un monstruo de la sobreproducción que encima, o tal vez por esa misma razón, ha desarrollado un ejército de fans de estética ultra-geek. Cierto. Además, ha inventado un mundo incomprensible donde se mezclan lo victoriano, los enanos y los trolls, la política y sobre todo la ciencia inventada y delirante. Carnaza para geeks, cierto. Pero también es el mejor narrador que he traducido nunca, y con P.G. Wodehouse y Douglas Adams, forma parte de la trilogía de los mejores humoristas que creo que ha dado la literatura moderna.



¿Por qué escribir sobre Going Postal y no sobre cualquier otra de las catorce novelas de Pratchett que he traducido? En mi opinión, la serie del Mundodisco arrancó verdaderamente a principios de los 90, una década y diez títulos después de su inicio histórico. Hoy en día libros tempranos como The Colour of Magic (1983) o Mort (1987), por ejemplo, resultan horrorosamente ingenuos y mal escritos en comparación con lo que vendría después, y el único valor que les veo es que una generación (la mía) descubrió el Mundodisco con ellos. Durante la década de los 90, y con títulos emblemáticos como Interesting Times (1994), Hogfather (1996), Feet of Clay (1996) o Carpe Jugulum (1998), la saga ganó complejidad, efectividad y, en suma, se convirtió en un verdadero torbellino de acción, aventuras y comedia, con el característico trasfondo político-económico de las novelas del disco. Fue a partir del 2000, sin embargo, o más o menos a partir de The Fifth Elephant (1999), cuando la serie se volvió lo que es ahora: una arquitectura novelística que puede parecer simple, pero que a mí me parece tan compleja como la de Iain M. Banks o China Miéville, por citar dos ejemplos. Y sobre todo, una de las experiencias más divertidas que se pueden tener con un libro en las manos.
Como todas las novelas recientes del Mundodisco, Going Postal trata de la introducción del capitalismo avanzado en la sociedad del Mundodisco. El arco narrativo global de los últimos doce o quince libros aproximadamente cuenta las pugnas del capitalismo salvaje por implantarse, con la oposición sublimemente ajedrecística de un déspota de guante blanco (Lord Vetinari), y su sicario, el as de la realpolitik Sam Vimes. Tal vez el elemento más fabuloso de este arco narrativo (muy bien captado por la discreta adaptación televisiva que ha hecho Sky One de Going Postal) son los clacs, un sistema binario de comunicación global que va creciendo y mutando de libro a libro, empezando por simples torres de señales y desembocando en complejos sistemas preinformáticos de luces e impulsos. Los clacs (que en muchos de los libros parodian brillantemente el mundo de Internet), junto con los aparatos de computación mágica de la Universidad Invisible, son las base de toda la sátira científica y tecno-comunicativa de la serie, que hará las delicias de cualquier buen geek aficionado, por ejemplo, a Neal Stephenson. La comparación no es ingenua: en su actual estado evolutivo, el Mundodisco es victoriano, con elementos de tecnología futurista (empezó siendo medieval), y encaja perfectamente en la mayoría de definiciones de steampunk/cyberpunk.




Dentro de este arco narrativo, los distintos libros se insertan en forma de hilarantes intrigas políticas, donde ambas facciones luchan por el control del sistema económico. En este contexto, Going postal desarrolla el tema del control de las redes de comunicación. La Grand Trunk Company ha usurpado una red continental de clacs y la gobierna desde una lógica de puro beneficio, con la oposición de una pequeña resistencia de pioneros rebeldes. Aprovechando los paros de la red y las interrupciones de suministro, Vetinari utiliza a Moist von Lipwig, un pícaro estafador reo de muerte, para resucitar la gigantesca Oficina de Correos victoriana, que en un giro argumental brillante se impone a sus ssistemas sucesores mediante la invención del sello de correos. Las consecuencias económicas de esta invención son analizadas con un grado desternillante de detalle. Toda la novela es un ejercicio de economía ficción que habría enorgullecido al mismo Swift. Aunque de forma implícita, Going Postal estaría inserta en una especie de trilogía de obras parecidas, la primera de las cuales sería The Truth (2000), que analizaba las consecuencias económicas de la introduccíón del periódico, y Making Money (2007), que hace lo propio con el papel moneda.
Posiblemente se trate de la mejor novela de este clásico viviente del humor. Para mí lo es, y he oído a otros decir lo mismo. Quien no lo haya leído todavía, que me crea: se está perdiendo algo muy grande.