
Tengo un recuerdo lejano de una época en que yo era fan de los libros escritos por Rodrigo Fresán en Argentina, los libros de relatos Historia argentina y La velocidad de las cosas y la novela Esperanto. La razón de que esa época se alejara de mi recuerdo fueron las dos novelas que publicó tras mudarse a España, Mantra y Jardines de Kensington. Las dos me parecieron tan infinitamente superiores a todo lo anterior que anularon todo recuerdo previo. Era como si Fresán se hubiera vuelto loco al llegar a España, con una locura visionaria. Una fiebre de loco sagrado. Su estilo, que siempre había tenido mucho de espirales psicodélicas y retorcimientos neuróticos, se volvió ahora una tromba obsesivo-compulsiva, tortuosamente oscura, un delirio sobre-saturado de información, el grito de alguien que se agarra la cabeza después de haber leído demasiados libros, de haber visto demasiadas películas, demasiados programas de televisión, demasiadas canciones. Los libros de Fresán empezaron a crecer en todas direcciones, como fractales, generando partes nuevas y ritmos internos, incluso después de publicados, dando paso a interminables reediciones aumentadas. En ocasiones, la propia narración caía bajo las ruedas del puro vómito alucinado de referencias pop, como en la célebre lista que hace Peter Hook en Kensington de toda la gente famosa a la que conoció cuando era niño. Se trata de dos de las experiencias más fascinantes que he tenido como lector en mi vida entera.


Si entre Mantra y Kensington pasaron dos años, entre Kensington y El fondo del cielo han pasado seis. La secuencia de señales que durante esos seis años me llegaron de Fresán –su paternidad, el abandono de varios proyectos literarios, su mudanza a las colinas de las afueras, junto con su obsesión por escribir incesantemente prólogos, crónicas y reseñas de fan– me planteaban una incógnita y una sospecha. La incógnita era qué libro se puede escribir después de Jardines de Kensington, una novela solamente comparable en envergadura y ambición a monstruos del género como Rayuela, Respiración artificial o Los detectives salvajes. Y la sospecha de que el Fresán que emergería de esos seis años, el hiato más largo de su vida de escritor, sería otro Fresán. Un escritor distinto. A fin de cuentas, ¿qué efecto puede tener el ser padre en un escritor cuya obra se basa, al menos en parte, en la refutación febril de que exista nada más allá de la infancia? Cuando me llegó la novela en el correo, la devoré dos veces y empecé a sacar conclusiones. Ciertamente, El fondo del cielo no es para nada la novela de un escritor distinto. Lo cual no quiere decir que sea como las anteriores. Usando como campo metafórico la historia de la guerra moderna, me aventuro a decir que Mantra es la Primera Guerra Mundial: enorme, caótica y épica. Kensington es la Segunda Guerra Mundial: también épica, pero mucho más oscura y extraña y con un ritmo más mortífero. El fondo del cielo sería, citando un momento de sus páginas, “no una gran guerra mundial sino una pequeña guerra planetaria”. Algo así como Vietnam o Irak: más localizada y restringida, pero también más avanzada, más certera y sobre todo mas extraña.
El fondo del cielo, que se puede resumir en una línea como la historia de las repercusiones que tiene la presencia de un extraterrestre en la Tierra sobre las vidas de un grupo de fans adolescentes de la ciencia-ficción, empieza transitando terreno archiconocido por los fans de Fresán. Isaac Goldman y Ezra Leventhal son dos adolescentes mentalmente lesionados por sus respectivos dramas familiares freudianos, que, en un giro clásicamente fresaniano, convierten la ciencia ficción pulp en una religión. Sus patologías son parecidas pero distintas: “Mientras que Ezra buscaba el consuelo de otros mundos para intentar escapar de un futuro que lo obligaba a continuar la tradición familiar entre rollos de tela y maniquíes, Isaac necesitaba viajar a planetas lo más lejanos posibles de su pasado y del de los suyos”, dice el libro. Y en la misma página: “Para Ezra, la ciencia ficción era un punto de fuga, una puerta abierta a un mundo mejor, una sombra a la que había que iluminar para despertarla y verla. Para Isaac, en cambio, la ciencia ficción era algo en lo que creer: la única manera que tenía de comprender su vida y el planeta donde su vida se había posado”. La infancia como herida vuelve a ser el motor de la trama. “La infancia es radiación pura”, dice el libro, “que se niega a desaparecer y que hace saltar las agujas de nuestros contadores Geiger en los momentos más inesperados con un resplandor verde y fluorescente. Ese inequívoco color verde ciencia-ficción. Verde alienígena”.


Juntos, Isaac y Ezra se convierten en Los Lejanos, una de las muchas facciones de un submundo alucinado de muchachos heridos y refugiados en escribir historias de planetas lejanos. En sus días de plenitud se les unen Jefferson Franklyn Darlingskill, el estúpido pero entusiasta heredero de un magnate de los grandes almacenes, y la Chica Rara, una muchacha extraña y hermosa “como una explosión nuclear” cuyos trances y visiones de colores salidos del espacio sugieren alguna clase de hipersensibilidad psíquica sobrenatural. El destino se cruza con este grupo de muchachos y muchachas en forma de un sobreviviente alienígena, el último nativo de Urkh 24, un planeta destruido cuyo nombre significa “Aquel lugar donde se dejan oír las melodías más desconsoladas”. El extraterrestre sin nombre transforma a la Chica Rara en puente entre su mente y el planeta humano, y destruye el mundo de Los Lejanos mandando a cada uno de ellos a un destierro singular por los rincones del multiverso. Isaac, a quien “le corresponden situaciones casi normales, aburridas y felizmente domésticas”, vive “sin entender. Sin querer entender. Tan sólo queriendo. Puro sentimiento y nada de lógica”. Su existencia será la de un mediocre escritor televisivo de ciencia ficción, autor de guiones para el popular space opera “Star Bound”, solitario y lúgubre. A Ezra, que abandona la literatura para hacerse físico revolucionario al servicio de las guerras ocultas de su país, “le tocan los destinos más extremos”, que consisten en ir encarnando al villano apocalíptico en las distintas versiones históricas del multiverso. A diferencia de Isaac, dice Ezra, “mi combustible siempre ha sido la furia ante lo incomprensible. La furia ante lo inexplicable de su desaparición y por lo tanto me tocan destinos horribles, aparezco en los sitios más detestables”. Él será el Deshacedor, el villano más temible de la historia, el que está detrás del atentado de las Torres Gemelas “y de todo lo demás”. El más fascinante de todos los destierros, sin embargo, es el de la Chica Rara, que en calidad de heredera de la estirpe de los humanos-puente con el planeta del extraterrestre, se ve obligada a casarse con Darlingskill para atajar un ramal del multiverso en que éste, humillado por su falta de talento para la ciencia ficción, decide crear un culto religioso que acaba abduciendo al presidente de Estados Unidos y conduciendo al armagedón nuclear. Atrapada en el suburbio de Sad Songs donde vive su matrimonio irreal, pero habitando mentalmente en una noche de nieve donde quedó encerrado su amor por Ezra e Isaac, la Chica Rara se dedica a escribir Evasión, una monumental novela de ciencia-ficción “basada en hechos reales” que no es más que la transcripción de la mente del náufrago extraterrestre.
Los elementos de la trama son perfectamente familiares: la muerte, el pasado como algo que lo invade todo, el refugiarse de la conciencia en otros mundos, la creación y el consumo de ficciones como sustituto (o detrimento) de la vida. La abundancia de ecos de las novelas anteriores, no solamente temáticos sino también elementos de trama, como por ejemplo la película 2001, cobra sentido dentro de la concepción fresaniana de cada nuevo libro como capítulo que se añade a una saga. Nunca que yo recuerde había sido Fresán tan “romántico”, y aquí uso romanticismo en el sentido de desviación de un impulso religioso a la esfera estética y en cierto modo también a la erótica. Las alusiones a la cábala y la noción que se da en el libro de la magia como algo que “reside en poder existir en un estado de conciencia en que el pasado y el futuro se antojan como sitios posibles de intercambiar su ubicación” son ideas genuinamente románticas-religiosas, apelaciones a un “sentido primitivo de la existencia” que equivaldría a “una transgresión de nuestro modo de separar lo real de lo imaginario”. También es elocuente la presentación que hace la novela de sí misma como relato de amor, apoyado ocasionalmente en las descripciones de la Chica Rara en términos de misticismo romántico. Su nombre, por ejemplo, no aparece en ningún momento, porque pertenece al reino de lo sagrado-numinoso. Su rostro “es el resplandor que todo lo ilumina o lo arrasa”. Esto vuelve a ser, retomando el vocabulario freudiano, otro desplazamiento. La obra de Fresán nunca ha estado interesada en el amor erótico, salvo como metáfora de otras cosas. La verdadera fascinación que hay en El fondo del cielo, igual que en las novelas anteriores, es por otras cosas: la experiencia singular y la conciencia alucinada; el gran evento histórico y el cataclismo (la recreación del 9/11 aquí es un eco del avión que se estrella en México D.F. en Mantra); y finalmente, la gran gesta artística, el artista demente y el sacrificio en el altar del arte, lo cual explica que los tres escritores reales que aparecen en la trama, Dick, Lovecraft y Hubbard, sean artistas profundamente liminales cuya obra y vida se confunden.

Lo que es nuevo en El fondo del cielo, por tanto, no es todo lo que compone la trama: es la trama en sí. Y es que a diferencia de sus dos predecesoras, y en realidad de prácticamente toda la obra de Fresán, este nuevo libro no se basa en la expansión. No tiene forma de onda expansiva. Aunque sería excesivo hablar de contención tratándose de un libro de Fresán, sí que es obvio que los materiales han sido organizados siguiendo un principio mucho más basado en la implosión que en la explosión. Retomando la metáfora bélica propuesta antes, evitando la extensión del conflicto. A fin de ampliar la perspectiva del relato sin alargarlo mucho, por ejemplo, se ha dividido la narración en una secuencia de tres narradores. La primera parte se organiza en torno a dos elipsis que afectan a los momentos centrales de la trama: la separación de los amigos en torno a la activación psíquica de la Chica Rara y la Noche de los Hombres de Nieve, y más tarde lo que el narrador denomina El Incidente, asociado con un desplazamiento dimensional que cierra la trama. Las partes segunda y la tercera proporcionan las respuestas a los interrogantes, configurando una estructura mucho más basada en la resolución de un misterio que ningún libro anterior del autor. Todo esto tiene un resultado doble. Por un lado, la trama salta al primer plano. Las líneas se vuelven claras. La huida del yo a un ámbito donde lo extra-terrestre se presenta como el reino de la simultaneidad, y por tanto de la inmortalidad, queda dibujada de forma nítida, sin meandros, igual que el encierro final de ese yo en una trampa donde la simultaneidad conduce a la infinitud de las posibilidades y por tanto a la indefinición.
El segundo resultado de este giro formal es llevar a cabo un exitoso golpe de efecto en un momento de la carrera de un escritor que, después de dos obras monumentales, siempre es complicado. Sin renunciar a esa condición de distintos capítulos de una Gran Novela que los lectores de Fresán buscamos en todos sus libros, El fondo del cielo reinventa en gran medida la novela fresaniana. Expande su radio de acción y lo sofistica. Y ofrece una respuesta magnífica a la duda de qué escribe uno después de Jardines de Kensington. Y la respuesta es: un libro igual de magnífico. Igual de extraño. Igual de poco convencional. Y tal vez, para muchos, más fácil de disfrutar.